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A Monarquia Espanhola

Notícias, informações, fotos e história da monarquia espanhola e a família real.

A Monarquia Espanhola

Notícias, informações, fotos e história da monarquia espanhola e a família real.

Conjunto bautismal real

29.02.20, Blog Real

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Se trata de una reliquia románica que se utiliza desde hace cuatrocientos años para el bautismo de los herederos al trono, y que lleva el nombre de Domingo de Guzmán, el santo que, siendo un bebé, fue bautizado en ella, en 1170, en la iglesia de Caleruega, Burgos.

Según cuenta la tradición, su madre le puso a la pila el nombre de su hijo tras tener un buen parto y un niño sano. Santo Domingo de Guzmán fue un hombre religioso que ejerció una importante labor como misionero. Su figura adquirió tal prestigio que, en el siglo XV, todos los grandes linajes apellidados Guzmán decían ser parientes o miembros de su familia, como el Conde Duque de Olivares.

La joya, una pieza románica de piedra blanca sin bruñir guarnecida en plata del siglo XII, fue trasladada, en 1605, por orden de Felipe III, al convento de los dominicos de San Pablo de Valladolid. En este lugar recibió el bautismo su hijo, el que en 1605 llegará al trono de España con el nombre de Felipe IV, y que fue el primer niño bautizado en esta pila. En 1927, por privilegio especial, la pila se trasladó a la capilla del Palacio Real para bautizar a la actual Duquesa de Alba, que fue apadrinada por Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia. Más tarde se instaló en la iglesia del convento de las madres dominicas, cercano al palacio Real, donde permanece en la actualidad y que se puede visitar.

Presente, desde hace siglos, por lo tanto, en la historia de la monarquía española, esta reliquia santa no ha faltado a ninguno de los bautizos de los Príncipes de Asturias e infantes, y en ella se han bautizado a casi todos los Reyes de España, como Carlos II, Luis I, Fernando VI, Carlos III, Fernando VII, Isabel II y Alfonso XII. Un bautizo insólito fue el del rey Alfonso XIII, que recibió este sacramento siendo ya Rey de España. En el último siglo, a excepción de los nacidos en el exilio, todos sus hijos: don Jaime, doña Beatriz y don Juan; el conde de Barcelona y los hijos del rey Juan Carlos: la infanta Elena, la infanta Cristina y el príncipe Felipe y sus hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía han recibido las aguas bautismales en esta pila.

Bautizo de la Infanta Leonor

29.02.20, Blog Real

El bautizo de Su Alteza Real la Infanta Doña Leonor ha comenzado poco después de las 12:30 horas del 14 de enero de 2006 en el Palacio de La Zarzuela, con Sus Majestades los Reyes como padrinos. La ceremonia se ha celebrado en el vestíbulo de Palacio, que ha sido habilitado como capilla.

El bautismo ha sido celebrado por el Cardenal Don Antonio María Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid, que ha estado asistido por Monseñor Don Francisco Pérez González, Arzobispo Castrense de España. Han participado también Monseñor Don Manuel Monteiro de Castro, Nuncio Apostólico de la Santa Sede; Monseñor Don Fidel Herraez, Obispo Auxiliar de Madrid; Monseñor Don José Manuel Estepa Llaurens, Arzobispo Emérito Castrense; Monseñor Don Serafín Sedano Gutiérrez, Encargado del Servicio Religioso de la Casa de Su Majestad el Rey; y Monseñor Don Andrés Pardo, Maestro de Ceremonias.

Ha corrido a cargo de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias la Primera Lectura de la Liturgia, que ha sido la Lectura del Profeta Ezequiel, capítulo 36, versículos del 24 al 28.

Ha sido oficiado, según la tradición de la Familia Real española, con agua del Río Jordán, y siguiendo la costumbre familiar, con el traje de cristianar que vistieron S.M. el Rey, S.A.R. el Príncipe de Asturias, y SS.AA.RR. las Infantas Doña Elena y Doña Cristina, además de los hijos de ambas, en sus bautizos.

Se ha utilizado la pila bautismal de Santo Domingo de Guzmán, al igual que en los bautismos de Sus Altezas Reales el Príncipe de Asturias y las Infantas Doña Elena y Doña Cristina. Es de piedra blanca sin tallar y está recubierta de plata con adornos dorados, que incluyen los escudos de la Orden de Santo Domingo.

La música ha sido interpretada por el Coro de las Religiosas Hijas de Santa María del Corazón de Jesús de Galapagar.

Antes de la ceremonia religiosa, los representantes de las Altas Magistraturas del Estado y el equipo médico que asistió el nacimiento han saludado a la Familia Real en el Salón de Audiencias, donde se ha celebrado una breve sesión fotográfica.

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Fotos Oficiales:

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Han asistido a la ceremonia:

FAMILIA REAL

  • Sus Majestades los Reyes (padrinos)
  • Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias
  • Su Alteza Real la Infanta Doña Elena y Don Jaime de Marichalar
  • Su Alteza Real la Infanta Doña Cristina y Don Iñaki Urdangarin

FAMILIA DE SU MAJESTAD EL REY JUAN CARLOS

  • Su Alteza Real la Infanta Doña Pilar
  • Doña Simoneta Gómez-Acebo y de Borbón y Don José Miguel Fernández Sastrón
  • Don Juan Gómez Acebo y de Borbón
  • Don Bruno Gómez-Acebo y de Borbón y Doña Bárbara Cano de la Plaza
  • Don Beltrán Gómez-Acebo y de Borbón y Doña Laura Ponte Martínez
  • Don Fernando Gómez-Acebo y de Borbón y Doña Mónica Martín Luque
  • Su Alteza Real la Infanta Doña Margarita y Don Carlos Zurita
  • Don Alfonso Zurita y de Borbón
  • Doña María Zurita y de Borbón
  • Su Alteza Real la Infanta Doña Alicia de Borbón
  • Su Alteza Real el Infante Don Carlos y Su Alteza Real Doña Ana de Borbón-Dos Sicilias

FAMILIA DE SU MAJESTAD LA REINA SOFIA

  • Sus Majestades los Reyes Constantino y Ana María de Grecia
  • Sus Altezas Reales los Príncipes Pablo de Grecia y Marie Chantal
  • Su Alteza Real la Princesa Alexia de Grecia y Don Carlos Morales Quintana
  • Su Alteza Real el Príncipe Nikolaos de Grecia
  • Su Alteza Real la Princesa Theodora de Grecia
  • Su Alteza Real la Princesa Irene de Grecia
  • Su Alteza Serenísima la Princesa Tatiana Radziwill y Señor John Fruchaud

FAMILIA DE S.A.R. LA PRINCESA DE ASTURIAS

  • Don Jesús Ortiz Alvarez y Doña Ana Togores
  • Doña Paloma Rocasolano
  • Doña Menchu Álvarez del Valle
  • Don Francisco Rocasolano Camacho y Doña Enriqueta Rodríguez Figarredo
  • Doña Erica Ortiz Rocasolano y Don Antonio Vigo Pérez
  • Doña Telma Ortiz Rocasolano
  • Doña Henar Ortiz Álvarez
  • Doña Claudia González Ortiz
  • Don Tomás Caparrós Fernández de Aguilar y Doña Marisol Álvarez del Valle
  • Doña Carmen Ortiz Velasco
  • Don David Rocasolano Lláser y Doña Patricia Reina Martínez

AUTORIDADES:

  • Señor Presidente del Gobierno y Sra. de Rodríguez Zapatero
  • Señor Presidente del Congreso de los Diputados y Sra. de Marín
  • Señor Presidente del Senado y Sra. de Rojo
  • Señora Presidenta del Tribunal Constitucional y Don Jesús Leguina Villa
  • Señor Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial y Sra. de Hernando
  • Señor Ministro de Justicia y Sra. de López Aguilar
  • Señora Presidenta de la Comunidad de Madrid y el Conde de Murillo
  • Señor Alcalde de Madrid y Sra. de Ruiz-Gallardón
  • Señor Conde de Elda, Decano de la Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza
  • Señora Directora General de los Registros y del Notariado

PERSONAL MÉDICO que asistió el parto, encabezado por el Dr. Luis Recasens Sánchez

CASA DE SU MAJESTAD EL REY:

  • Don Alberto Aza Arias, Jefe de la Casa de Su Majestad el Rey
  • Don Ricardo Díez-Hochleitner Rodríguez, Secretario General de la Casa de Su Majestad el Rey y demás altos cargos de la Casa de Su Majestad el Rey.

Video:

Boda de la infanta Cristina y Iñaki Urdangarín

29.02.20, Blog Real

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“Alucino. Estoy colada por ¡un jugador de balonmano!”, dijo doña Cristina a una de sus íntimas amigas, según el libro La infanta Cristina, una mujer de su generación, de María Molina y Consuelo León. “Creo que me estoy enamorando de la infanta. ¿Tú crees que estoy loco?”, le preguntó en octubre de 1996 Iñaki a su hermana mayor, Ana. “¡Qué pasada! ¡Estoy enamorado de la infanta!”, –le dijo Iñaki a su amigo Fernando Barbeito… “Es sensacional. Estoy encantado y muy feliz, de verdad. Debo reconocer que cuando conocí a la infanta estaba temblando, pero luego pensé: ¡qué chica más normal!”.

Un noviazgo en secreto
La infanta Cristina e Inaki Urdangarín iniciaron su relación rodeados del más absoluto secreto y así prosiguió hasta casi la víspera del anuncio de su compromiso matrimonial. La hija menor de los Reyes de España tenía la presión de que la prensa malograra su noviazgo y, siguiendo el ejemplo de su hermana Elena, que pudo salirse con la suya hasta el último momento –el anuncio de su compromiso sorprendió a todos los españoles– decidió llevar su historia de amor con la máxima discreción. Ausencia de citas en locales de moda, restaurantes o espectáculos multitudinarios; y la necesidad de ocultar sus verdaderos sentimientos haciendo la misma vida que llevaba antes de conocer a Inaki Urdangarín. Trabajo, comidas con compañeros, cenas con amigos, actos oficiales. Durante meses, ni una evidencia, ni un solo signo exterior de que algo estaba cambiando.

El anuncio del compromiso
Un año después, temerosos de ser descubiertos, anunciaron su compromiso matrimonial. Con su traje de chaqueta blanco inmaculado, la infanta Cristina descubrió su corazón y su secreto el 3 de mayo de 1997. Con los jardines de Zarzuela por testigo y, ante toda la familia, además de los fotógrafos, que inmortalizaron el momento con sus cámaras, la infanta Cristina y su prometido pasearon de la mano entre los árboles y dejaron atrás, para siempre, la dura etapa de mantener su noviazgo en la sombra; la de esconderse tras los ojos del mundo, siempre escudriñadores. Porque, aunque la Casa Real había anunciado días antes su compromiso, no fue hasta el mismo 3 de mayo, cuando doña Cristina y don Iñaki aparecieron, por primera vez, juntos ante toda España.

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La Boda

Los Duques de Palma se casaron en la catedral de Barcelona el 4 de octubre de 1997. Barcelona entera vistió de gala edificios, balcones y ventanas para festejar la boda de la hija menor de los Reyes de España, y se repartieron millares y millares de claveles entre todos los ciudadanos, que aquel soleado día otoñal quisieron ser testigos del enlace.

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¿Por qué Barcelona?
La infanta Cristina eligió la Ciudad Condal y pero no fue una elección fortuita o al azar. Barcelona era la ciudad de la que se había enamorado y en la que había encontrado al hombre con el que pensaba compartir el resto de su vida, y era a la vez el lugar donde la infanta Cristina en la que había encontrado la vida a la que tantas veces había hecho referencia la prensa con la frase mil veces publicada: “como cualquier joven de su edad”.

Había sido además su lugar de residencia en los últimos años (desde 1992, año olímpico en el que se trasladó a Barcelona para entrenar con sus compañeros del equipo de vela. Luego se matricularía en un curso de Relaciones Internacionales en la Unesco y se comprometería a participar en la organización del Campeonato del Mundo de Vela adaptada, que se celebraría con ocasión de los Juegos Paraolímpicos. Con el tiempo, aprendió catalán, buscó un trabajo en la Fundación Cultural de La Caixa y convirtió Barcelona en su lugar de residencia habitual).

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El regalo de la Ciudad Condal a los novios
Los barceloneses, acostumbrados a ver la Infanta por sus calles, quisieron, quizás por haber elegido su ciudad como escenario para la boda, ofrecer un presente muy especial a la pareja la víspera de su enlace: organizaron un gran espectáculo de fuego, agua, luz y música en la fuente mágica de Montjuic, junto al Palacio de Congresos.

El novio llegó a la Catedral de Barcelona a las 10.40 de la mañana del brazo de su madre y madrina, doña Claire Liebaert. Veinticinco minutos después y a los sones del himno nacional, lo hacía la novia, cuyo cortejo encabezaban los duques de Soria, seguidos de la infanta doña Pilar y su hijo mayor, Juan Gómez Acebo, vizconde de la Torre; los Duques de Lugo, la Reina y el príncipe de Asturias. La infanta Cristina, radiante y muy sonriente, había descendido minutos antes de un Rolls-Royce descapotable acompañada de su padre, el rey don Juan Carlos. Al llegar al altar, el novio recibió a la infanta con un beso y ésta a su vez besó a su padre antes de ocupar su lugar al lado de Inaki Urdangarín.

El vestido de la novia y las joyas que lució
La novia lució un traje firmado por Lorenzo Caprile. Un diseño realizado en seda valenciana de color marfil entre lo clásico y lo vanguardista. El traje estaba inspirado en la flor de lis, ligada a la heráldica de la Casa de Borbón. Liso por delante y labrado por detrás llevaba en la cola –de 3,25 metros- lirios de Santa Eulalia, azucenas y estrellas de nieve bordadas.

La infanta Cristina eligió como joyas una diadema de gran valor histórico y sentimental para la Familia Real española: un diadema rusa del siglo XIX de oro y plata con diamantes, talla brillante y talla perilla, que pertenecía a su madre, la reina doña Sofía. Los pendientes, que habían pertenecido a la reina Victoria Eugenia y que le fueron regalados a doña Sofía por la Condesa de Barcelona., eran de medio aro del siglo XIX con una pareja de diamantes orla en talla de brillante montados en garra.

Completaba el conjunto el velo, una joya de incalculable valor, que anteriormente había lucido la reina María Cristina de Austria, segunda esposa de Alfonso XII y que en la actualidad pertenece al Estado español, que lo compró en 1981.

El banquete
El banquete nupcial se sirvió en el Palacio de Pedralbes, residencia oficial de los Reyes en Cataluña. Situado en la avenida de La Diagonal, fue construido sobre unos terrenos donados por el Conde de Güell. Las obras iniciadas en 1919 finalizaron en 1926, año en el que fue entregado al rey Alfonso XIII. Desde las cuatro de la mañana, hora a la que se citó al personal encargado de preparar el banquete y servirlo, la actividad fue frenética en el Palacio. Más de 300 camareros (dos por cada mesa de diez comensales) y numerosos chefs y ayudantes de cocina, hicieron posible el banquete.

Tan sólo cien personas compartieron mantel con los contrayentes en el comedor principal, doscientos más en los dos salones adyacentes y el resto en otras dependencias del palacio. Además de la cocina habitual se instalaron dos más, una en el primer piso y otra en la carpa exterior, en la que, decorada con tapices y alfombras de la Real Fábrica, se sirvió el aperitivo, previo al banquete.

El menú nupcial consistió en sorpresa de quinoa real con verduritas y pasta fresca como primer plato, y lomo de lubina con suflé de langostinos y emulsión de aceite virgen como segundo. Un postre realizado a base de preludio de chocolate y crema inglesa, y la tarta nupcial de fresitas completó un banquete que se prolongó durante hora y media.

Todo gran acontecimiento, todo evento inolvidable, tiene sus pequeñas anécdotas, que lo adornan, y a la vez, le dan, si se quiere, un tono más simpático o curioso. Y en la boda de la infanta Cristina e Inaki Urdangarín no pudieron faltar ejemplos, como que el ayudante de cámara del Príncipe de Asturias fuera el que asistiera al novio a la hora de vestirse; o que el mismo novio fuera quien echara una mano de sus hermanas para colocarse correctamente sus sombreros.

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Por otro lado, Inaki Urdangarín lleva un corbata elegante, pero no muy en la línea de las clásicas para los chaqués, sino más tirando el gusto –buen gusto- de don Juan Carlos, que elige habitualmente corbatas de colores vivos y modernos diseños. Hay que destacar también que en Barcelona no hubo mantillas como en la boda de la infanta Elena en Sevilla, sí pamelas –muy grandes la mayoría- y sombreros de todo tipo.

Se cierra el anecdotario de ese día con un comentario muy al hilo de la actualidad que nos ocupa y nos ocupará en los próximos meses. Al parecer el Príncipe Felipe al final de la ceremonia, ya en el Palacio de Pedralbes, mientras se servía el aperitivo le hizo un comentario a sus amigos más íntimos: ‘El próximo... soy yo’.

Boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar

29.02.20, Blog Real

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La infanta Elena y don Jaime de Marichalar se casaron el 18 de marzo de 1995 en Sevilla; una boda que ponía sello final a una historia de amor que había comenzado en 1993, cuando la infanta Elena se trasladó a París para realizar un curso de Literatura francesa. En la capital del Sena, conoció al que dos años después se convertiría en su marido, Jaime de Marichalar. El amor de su vida estaba realizando sus prácticas financieras antes de iniciar su andadura profesional en el banca privada.

Se dijo en esos años que su común pasión por la hípica fue lo que les había unido, aunque otros aseguran que fue el destino, quien caprichosamente quiso que sus vidas se cruzaran. Su noviazgo, que se desarrolló la mayor parte en París, fue todo un ejemplo de discreción. No hubo casi fotografías de la pareja hasta el mismo día del anuncio de su compromiso matrimonial, el 23 de noviembre de 1994.

La petición de mano
Tres días después, en el Palacio de la Zarzuela, Jaime de Marichalar pedía a los Reyes la mano de su hija mayor, la infanta Elena. Allí estaban los Reyes, el Príncipe de Asturias, la infanta Cristina, su abuela paterna, María de las Mercedes, Condesa de Barcelona, y sus tías, las infantas Margarita y Pilar, hermanas de don Juan Carlos, y sus respectivas familias. Acompañaban a Jaime de Marichalar, su madre, Concepción Sáenz de Tejada, viuda de Amalio Marichalar, y los cinco hermanos del novio: Amalio Joaquín, Ana, Alvaro, Luis e Ignacio Javier.

Como ha ocurrido en el caso del Príncipe Felipe y doña Letizia, pocos días después Zarzuela hacía público el día exacto del enlace: el 18 de marzo de 1998 y anunciaba que la boda se celebraría en la capital hispalense, que se vistió de luces para la ocasión.

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La Boda

Sevilla entera se echó a la calle y lució sus mejores galas. No hubo balcón del que no colgara un mantón de Manila, una bandera de España o una guirnalda. En las calles, sevillanas, palmas, arte, colorido y gritos de ‘guapa, guapa’ para la Infanta. Hubo jolgorio, luz, color y ritmo del que sólo los andaluces son capaces de organizar. La soberbia Giralda, emblema de la ciudad, engalanada como nunca antes se había visto, más de siete kilómetros de calles repletos de guirnaldas y banderas con los perfiles de los contrayentes, rojas y amarillas, blancas y azules... todo para recibir a la infanta Elena y don Jaime de Marichalar.

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Los invitados
El enlace, el primero de los hijos de los Reyes de España, reunió a más de 1.500 invitados (para ser más exactos 1.513 que se acomodaron en los 179 bancos y 484 sillas dispuestas para la ocasión en la Catedral de Sevilla), de los cuales más de 300 eran miembros de 38 Familias Reales. Además asistieron representantes de las instituciones del Estado y de la sociedad civil.

A las doce del mediodía, salía del hotel Alfonso XIII, (donde se alojó el novio, su familia, y la mayoría de los miembros de las casas reales invitadas) don Jaime de Marichalar, serio y aunque bastante tranquilo –por lo menos en apariencia- del brazo de su madre y madrina, Concepción Saénz de Tejada. A la llegada a la Catedral de Sevilla, madre e hijo besaron la cruz de oro que les ofreció el deán, quien estaba vestido con su impresionante ropaje de gran ceremonia.

infanta_elena6a.jpgEl cortejo nupcial
Media hora más tarde el cortejo nupcial abandonaba el Alcázar de Sevilla, donde la infanta Elena se había vestido. Por la puerta del León y con los alabarderos como punta de lanza salieron el infante de Calabria y su esposa; los duques de Soria; la infanta doña Pilar y su hijo Bruno; la infanta Cristina –de traje rojo- con su primo Juan Gómez Acebo y tras ellos la reina doña Sofía, vestida de gasa azul, con zapato y bolso del mismo color y mantilla española, del brazo de su hijo el Príncipe Felipe, que llevaba el traje de gala de teniente de Navío, con cuatro condecoraciones al pecho.

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Unos minutos después la novia, reluciente y feliz, del brazo de su padre, el rey don Juan Carlos, vestido con el traje de gala de capitán general de los Ejércitos, y el Toisón de Oro al cuello entre otras altas condecoraciones. Padre e hija pudieron entonces sentir el estallido de cariño de los sevillanos.

El vestido de la novia
La infanta Elena lució un traje espectacular a la par de sencillo, con aroma romántico, diseñado y guardado celosamente por el modisto sevillano –aunque afincado desde hace años en Madrid- Petro Valverde. Una larguísima cola, fascinante, que hacía crecer suspiros de admiración entre los espectadores y un antiquísimo velo, el mismo que llevó su madre, la Reina Sofía y su abuela la reina Federica completaban el vestido nupcial. Ni una joya en su garganta, tan sólo dos largos pendientes de perla.

Como ramo la infanta Elena llevó uno pequeño, formado por rosas mínimas de champán, lilas blancas y flores naturales del campo sevillano y elegido por la madre del novio entre los dos ramitos realizados para la ocasión por la firma Búcaro.

El sí quiero
A la una y siete minutos de la tarde culmina la ceremonia por la que Jaime de Marichalar y doña Elena de Borbón se convierten en marido y mujer. Primero es el novio quien pronuncia el sí quiero; después lo hace la infanta, con voz muy clara y una sonrisa de felicidad, sin pedir la bendición de su padre, -tal y como ‘manda’ el protocolo, algo que si haría dos años después su hermana, la infanta Cristina, en su boda con don Inaki Urdangarín-. El 'lapsus' de la hija mayor de los Reyes de España no impidió que don Juan Carlos, se emocionara, porque aunque Rey, también es padre.

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Tras la ceremonia, presidida por Monseñor Amigo, los novios salieron por la puerta de Palos ante el estallido de alegría de los sevillanos, que desde primera hora de la mañana esperaban para felicitar a los recién casados. Con el rostro ya descubierto, la infanta Elena y su marido se dirigen a una carreta tirada por seis caballos cartujanos de color castaño, donde realizarían un extenso recorrido por las calles de Sevilla. La carreta del siglo XVIII, trabajada en madera de haya, castaño y fresno, pintada de verde oscuro, con tapicería en color crema, con los tapetes azul marino y el escudo real, construida en 1780 en los talleres de Mallet en París por encargo de Domecq Lustau, era propiedad de la Real Escuela de Arte Ecuestre de Jerez.

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Las lágrimas de doña Elena
Doce coraceros de la Guardia Real, de gala, espejeando sus pecheras de plata escoltaban la carreta en su recorrido hasta la iglesia del Salvador, donde la infanta depositó su ramo ante la tumba de sus bisabuelos, Carlos de Borbón y María Luisa de Orleáns, tras escuchar con gran emoción una salve rociera que arrancó de los ojos de la infanta algunas lágrimas.

El banquete nupcial
Del Salvador, los recién casados se dirigen a los Reales Alcázares de Sevilla, donde todo está preparado para servir el banquete nupcial, que corrió a cargo del restaurador Rafael Juliá. La comida fue servida en el patio de la Montería y consistió en lubina del Cantábrico, trufas y almendras de primero; perdiz roja con salsa castellana como plato principal; y tarta nupcial junto a crema helada de café con almendras y salsa de caramelo, de postre. Vinos de Jerez, blanco de Rueda, tinto de Rioja y cava catalán regaron estas elaboradas viandas

Boda de Don Juan Carlos y Sofia de Grecia

29.02.20, Blog Real

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En el verano de 1954, la reina Federica de Grecia organizó un crucero a bordo del Yate Agameón con la intención de que ciento diez jóvenes, miembros de las casas reales europeas, tuvieran la oportunidad de conocerse. Sobre la cubierta de este barco se produjo el primer encuentro entre la princesa Sofía de Grecia, de quince años, y Juan Carlos de Borbón, de dieciséis. No obstante, habrían de pasar muchos años hasta que ese encuentro se convirtiera de verdad en una cita.

En el barco de Eugénides

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“Cuando vivíamos en Suráfrica –la reina Federica se refiere, en este apartado de sus Memorias al exilio de la Familia real griega durante la II Guerra Mundial- también estaba refugiado allí un armador griego apellidado Eugénides... en 1954, Eugénides me pidió que visitara uno de sus trasatlánticos y darle mi nombre. Cuando se accede a esto es costumbre regalar a la madrina un gran broche de brillantes. Pero en aquella ocasión tuve una idea y le pregunté si en vez del regalo tradicional, me proporcionaría los medios necesarios para organizar un crucero al que invitaría a todas las familias reales de Europa. Le pareció muy bien. Había varias razones para organizar ese crucero. En primer lugar, Palo –se refiere al rey Pablo, su esposo- y yo deseábamos abrir las puertas de Grecia al turismo... Otra razón es que, desde la I Guerra Mundial, las Familias Reales no habían vuelto a reunirse”.

¿Cuándo se hicieron novios realmente?

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Don Juan Carlos frecuentaba, por aquel entonces, el ambiente de las Familias italianas – el Rey entonces fue relacionado con María Gabriela de Saboya- y doña Sofía el de las alemanas y escandinavas –durante mucho tiempo hubo verdadero interés en casarla con Harald de Noruega-, pero y, aún teniendo las miradas fijas en lugares del mundo muy distintos, se dio la circunstancia de que los condes de Barcelona y los Reyes de Grecia mantenían una buena relación y que éstos solían invitarles a Mon Repos, su palacete de veraneo, en la isla de Corfú... Y eso, claro, influyó parcialmente a la hora de avanzar en sus relaciones.

”Ella me ha hechizado”
Julio de 1958. Castillo de Althausen. Durante la celebración del matrimonio de Isabel de Wurtemberg con Antonio de Borbón Dos Sicilias, don Juan Carlos confesó a su círculo de amigos: “Ah, la princesa Sofía de Grecia. Ella me ha hechizado...”
Con su uniforme de gala de la marina se dedicó durante toda la noche a cortejarla. Pasearon por los jardines del castillo, bailaron...

Cortejando a doña Sofía
Tras esta primera gran cita social, la pareja real volvió a coincidir durante las pruebas de vela de la Olimpiada de 1960. Competición en la que doña Sofía participó como reserva de su hermano, Constantino. Con tal motivo, los Reyes de Grecia organizaron en su barco, Polemistis, atracado en el puerto de Nápoles una cena... doña Sofía resumiría aquel encuentro, muchos años después de haber tenido lugar, para la periodista Pilar Urbano de la siguiente manera: “Con don Juan y doña María, vino también Juan Carlos. Llevaba bigote. Yo le dije. “No me gustas nada con ese horrible bigote” . “Ah, ¿no?, pues ahora no sé cómo lo voy a poder arreglar”. “¿No sabes cómo? Yo sí sé cómo. Ven conmigo. Lo llevé al cuarto de baño del barco. Le hice sentarse. Le puse una toalla por encima, como en las barberías. Cogí una maquinilla, le levanté la nariz y se lo afeité. Él... se dejó".

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Unidos por el protocolo inglés
doña Sofía y don Juan Carlos coinciden, con motivo de la boda de los duques de Kent, el 8 de junio de 1961, en la abadía de Yorkminster, desde el primer día en el hotel 'Claridge' donde se hospedan; van al cine con el príncipe Constantino a ver Éxodo, acuden a la fiesta del hotel Savoy, a la que la familia de los novios organiza en la propiedad rural de Hovingham Hall, y son pareja, también, en el baile posterior a la ceremonia nupcial. Fue en la boda de los duques de Kent donde por una vez el protocolo hizo bien las cosas, pues me asignó a Juan Carlos por caballero acompañante”, diría años después la Reina, según escribe Fernando Rayón en su libro La boda de Juan Carlos y Sofía (La Esfera de los libros).

La Familia Borbón en Corfú
La reina Federica, después del encuentro en Londres, invita de nuevo a los condes de Barcelona y a sus hijos al palacio de 'Mon Repos', Corfú. Lugar tradicional de veraneo de la Familia real Griega con maravillosas vistas al Mediterráneo y un precioso bosque exótico. El príncipe prolonga su visita hasta la primera quincena de agosto. Fernando Rayón extrae del libro Memorias de Federica de Grecia “ Corfú es el sitio más maravilloso del mundo para enamorarse... En aquel feliz ambiente, Sofía y Juanito decidieron unir sus vidas para siempre”.

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sofia-a.jpg'Sofi cógelo'
En Lausana, los Reyes de Grecia que están de visita oficial a Suiza para inaugurar un pabellón griego de la exposición Universal se reúnen con los condes de Barcelona y sus hijos en el hotel Beau Rivage El Rey –lo ha dicho doña Sofía en numerosas ocasiones jamás usó la pregunta: ¿Quieres casarte conmigo?, pero sí la sorprendió lanzando, durante aquel encuentro una caja al aire con un ¡’Sofi, cógelo’! Yo, en ese momento, no le regalé nada. No me lo esperaba y no tenía nada preparado” … “¿Recuerdas –dijo mirando a don Juan Carlos ante otros testigos– que, en Suiza, en casa de tu abuela, después de comer, entraste tú, me pusiste la pulsera y me dijiste: ‘Nos casamos, ¿eh?’

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Dos ceremonias y una boda. Ese fue el problema al que tuvieron que enfrentarse desde el principio don Juan Carlos y doña Sofía. El hecho de que la Princesa contrajera matrimonio como ortodoxa era una novedad en la historia de España. La conversión de Victoria Eugenia, anglicana, en 1906 había sido referencia obligada en las primeras conversaciones. Además, no había antecedentes de reinas no católicas desde los Reyes godos, cuenta Fernando Rayón en su libro, La boda de don Juan Carlos y Sofía.

“¡Yo, una hereje!”
“Para entender todo ese lío –palabras de la Reina a Pilar Urbano- hay que tener en cuenta lo que de mí se escribía en los periódicos españoles y lo que llegó a decir algún miembro del consejo de don Juan sobre que yo era una hereje. ¡Yo, una hereje!, sí para muchos católicos lo era, pero nadie dijo cuál era mi herejía”.

El rito de las coronas
Al confirmar la fecha del 14 de mayo han tenido que precisar también que la princesa se casará como catecúmena de la Religión Católica, que estaba recibiendo instrucción adecuada, que había sido confiada al arzobispo católico de Atenas y que ello permitiría su ingreso en un plazo breve. “Yo no era una catecúmena del catolicismo. Yo estaba bautizada desde 1938, con el mismo y único bautizo católico. Sólo estaba aprendiendo una nueva liturgia. También Juan Carlos tuvo que aprender el rito de las coronas y de las danzas de Isaías”, recordaba doña Sofía hace unos años.

La obediencia al Papa
“No fue una catequesis, sino más bien una explicación de la fe católica, -confesó doña Sofía a Pilar Urbano- de la diferencia entre los ritos, las celebraciones, los santos y algo que me llamaba particularmente la atención lo del primado del Papa, que fuera el sucesor de Pedro, a través de los siglos”.
“En definitiva, todo el problema de mi conversión era pasar por la obediencia del Papa en Roma. Eso creó un conflicto religioso, político y monárquico. Fue el gran escollo. Lo más tenso. Consumió horas y horas de negociaciones entre católicos y ortodoxos en Atenas, en Estoril, en Roma, y yo la más interesada, ¡estaba totalmente conforme!”

Las Ceremonias

Eran las diez en punto de la mañana, en el altar, vestido con uniforme de teniente de infantería - con el Toisón, el collar de Carlos III, las placas de la Orden de Malta y de la Orden griega ... don Juan Carlos esperaba a la novia. 45.000 claveles rojos y amarillos, traídos expresamente de Valencia y Cataluña, adornaban el interior del templo.

La princesa Sofía, antes de entrar en la catedral, se vuelve hacia su pueblo con un saludo, que era la despedida... Mientras, el capellán de Tatoi dirigía un coro de 300 voces que habían empezado a interpretar el Aleluya de Haendel.

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4 (6).jpgEl pañuelo de don Juan Carlos
El príncipe Juan Carlos y la princesa Sofía se casaron el 14 de mayo, en Atenas, por dos ritos. El primero, católico, tuvo lugar en la catedral de San Dionisio. El segundo, ortodoxo, se celebró, una hora más tarde, en la catedral de Santa María y fue autorizada por Juan XXIII. doña Sofía, emocionada durante ambas ceremonias, tuvo que usar el pañuelo de don Juan Carlos en varias ocasiones. La novia eligió para su boda una corona de diamantes de línea helénica, regalo de su madre la reina Federica y un maravilloso vestido de seda entreverada de plata. El arzobispo Printesi formula las preguntas. Don Juan Carlos en alto, dice sí. La princesa, con voz más tenue, contesta a su vez: Malissa, sí, en griego. Finalizada la ceremonia, una lluvia de pétalos de rosa y arroz cae sobre los contrayentes. Y veintiún cañonazos anuncian que Sofía ya es princesa de España. La reina helena contaría en sus memorias: “Su vestido de novia era un sueño de encaje, sobre el cual, cayendo desde su cabeza hasta el suelo, llevaba mi velo nupcial, también de encaje”. Tras el banquete celebrado en los jardines del Palacio Real, los novios iniciaron un viaje alrededor del mundo. La luna de miel comenzó en las islas del Egeo y terminó en Londres, cuatro meses después. A su regreso, se instalaron en el palacio de la Zarzuela.

Invitados y Fiestas Nupciales

Los invitados a la boda, según el capítulo Invitados Reales del libro de Fernando Rayón, La boda de don Juan Carlos y Sofía comenzaron a llegar a Atenas una semana antes de la celebración de los esponsales.
En total 143 miembros de 27 monarquías: Olav de Noruega; Juliana y Bernardo de Holanda; Francisco José y Gina de Liechestentein; Ingrid de Dinamarca y la reina madre Elena de Rumanía; Humberto y María José de Italia; y Raniero de Mónaco con su esposa, Grace.

invitados2a.jpginvitados11a.jpgOcho damas de honor
Entre las princesas invitadas, ocho de ellas son damas de honor: Irene de Grecia; Alejandra de Kent, Tatiana Radziwill, prima e íntima amiga de doña Sofía, Benedicta y Ana María de Dinamarca; Ana de Orleáns; Irene de los Países Bajos; Pilar de Borbón.

Fiesta para los príncipes y dos bailes de gala
El mismo día 10 por la noche, se abren las celebraciones nupciales con una fiesta para los miembros más jóvenes de las Casas reales. En el hotel Gran Bretaña, con el príncipe Constantino como anfitrión se reúnen los jóvenes príncipes de Europa para la gran despedida de los novios. La fiesta juvenil estuvo seguida por dos bailes de gala solemnes idénticos en protocolo y organización. Desde la boda de la Reina de Inglaterra no se habían reunido tantos Reyes y príncipes.

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Regalos

El rey Pablo de Grecia regaló a los novios, cuenta Fernando Rayón en su libro, La boda de Juan Carlos y Sofía, una carabela de Plata dorada inglesa del siglo XVIII y un abrigo de visón, la reina Federica regaló a Sofía una gaveta de caoba, un servicio de plata, la diadema de diamantes que llevo el día de su boda y a don Juan Carlos un anillo del siglo V antes de Cristo de oro con un camafeo de ágata anaranjada, que es el que siempre lleva el Rey en el dedo meñique.
Don Juan Carlos le regaló a Sofía una sortija con un grueso rubí; Sofía a Don Juan Carlos una pitillera de oro trenzado con cierre de zafiros.

El regalo de Franco
Franco regaló a doña Sofía una diadema de brillantes transformable en doble broche o collar y a Don Juan Carlos una escribanía de plata del siglo XV.

Detalles de valor incalculable
El general Degaulle les regaló un neceser de viaje con frascos de Baccarat y los condes de París una vajilla de Sévres; Un vaso de porcelana del siglo XVI y una pieza de brocado oriental fueron los presentes del Presidente de la China Nacionalista Chiang Kai Check; Onassis una excelente piel cibelina; Niarchos un aderezo de rubíes y un centro de mesa que representaba un petrolero de oro macizo; Los príncipes de Mónaco un velero deportivo; El gobierno griego un collar de perlas; La reina de Inglaterra un servicio de mesa de porcelana blanca y dorada y el duque de Gloucester una vajilla de plata; El presidente Kennedy una pitillera de mesa de oro; El rey Humberto de Italia un alfiler de brillantes; El rey Balduino 12 boles de fruta de plata bañada en oro; Los reyes de Dinamarca una vajilla de porcelana de Copenhague; Constantino e Irene tres brazaletes de oro con zafiros, rubíes y esmeraldas; los duques de Alba una petaca de jade y oro y los duques de Montellano unos pendientes del siglo XVIII.

La duquesa de Alba recogió fondos
Además de los obsequios arriba mencionados, la duquesa de Alba puso en marcha una iniciativa para que los españoles que lo desearan pudieran hacer sus donaciones a la Pareja a través de una cuenta corriente en el Banco de España.

Boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg

29.02.20, Blog Real

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En la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid, conocida por la mayoría de los madrileños como Los Jerónimos, a las 11.30 de la mañana del jueves 31 de mayo de 1906 se celebró el enlace del rey Alfonso XIII con la princesa Victoria Eugenia Eva Julia de Battenberg. Los contrayentes se habían conocido casi por casualidad, durante un viaje del joven Rey a Inglaterra, organizado por la Corte para que conociera a la princesa que habían elegido para él. La candidata de la Corte era la princesa Patricia, a la que familiarmente llamaban Patsy. Era hija del conde Connaught (séptimo hijo de la reina Victoria, Arthur) y de la princesa Luisa de Prusia.

Los cronistas de la época coinciden en señalar que no hubo entendimiento entre los jóvenes, quizás porque ‘Patsy’ ya estaba enamorada de un conde inglés. Ante el cariz que tomaba el viaje, Alfonso XIII olvidó el motivo inicial de su viaje y durante una comida en Buckingham Palace celebrada en su honor, se interesó por otra joven de cabellos dorados.

La princesa que había conquistado al monarca español era la nieta pequeña de la Reina de Inglaterra, su preferida según decían en la época, hija de la Infanta Beatriz y de su esposo, Enrique de Battenberg. Se llamaba Victoria, por su abuela; Eugenia, por su madrina, la emperatriz Eugenia de Montijo; Julia, por su abuela paterna, Julia Hauke; y Eva, por la primera mujer del mundo, aunque siempre fue conocida por el apelativo familiar de ‘Ena’.

El amor nació por tanto a espaldas de los diplomáticos y de todos los proyectos políticos, burlando cualquier cálculo o acuerdo, lo que convirtió el Rey en un joven enamorado. La noticia de su historia de amor corrió como la pólvora por España y la nueva princesa causó muy buena impresión tanto en el pueblo como en la Corte. España rebosaba felicidad porque el Rey se casaba por amor, como lo había hecho su padre, el rey Alfonso XII.

El amor entre los jóvenes también hizo que el monarca ignorara durante años que la princesa podía ser transmisora de la hemofilia, algo de lo que años después fue consciente al conocer que sus dos hijos mayores también padecían esta enfermedad. A primeros de marzo de 1905, la princesa Victoria Eugenia llegaba a Biarritz. El objeto de su viaje era la petición de mano, acto que se celebraría en el Palacio de Miramar de San Sebastián. En esa misma celebración tendría lugar la conversión al catolicismo de la Princesa para lo que se había preparado concienzudamente.

Dos meses después se celebraba el enlace con asistencia de los monarcas de todas las casas reales europeas. Ese día la gente se arremolinó en las calles desde las seis de la mañana, tanto es así que la circulación de los tranvías tuvo que ser cortada. A las nueve menos cuarto de la mañana entraba en la iglesia los representantes de la Embajada de Marruecos, los más madrugadores, junto a los chinos.

La sagrada mesa estaba decorada con rosas blancas y candelabros dorados. A la derecha, fuera del presbiterio se encontraba situado el trono de los Reyes. Los sillones en los que se sentaron los monarcas fueron descritos por las crónicas de la época como de talla dorada y tapicería en raso bordado con seda de colores. El dosel que cubrió los tronos era del mismo tono que la tapicería y tenía el escudo de España bordado en el centro. Muy cerca del trono se encontraba ubicado el sitio destinado a la Reina Cristina, un sillón y un reclinatorio cubierto en terciopelo rojo.

A las diez y cuarenta minutos sonó la 'Marcha Real' y don Alfonso, bajo palio, entró en el templo seguido del infante don Carlos y del hijo de éste, el infantito, vestido de blanco y protagonista de la primera anécdota de la boda. En su infantil ignorancia y deslumbrado por todo lo que estaba viendo intentó adelantarse a su tío, el Rey. El apuesto novio vistió uniforme de gala de capitán general, luciendo calzón blanco y botas altas con espuelas de oro. En su pecho llevaba la banda cruzada de la Gran Cruz Roja del Mérito Militar.

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Victoria Eugenia hizo esperar a su prometido, que impacientemente consultaba el reloj, durante treinta y cinco desesperantes minutos. La novia salió del Ministerio de la Marina –el lugar que usó como vestidor- con un aspecto deslumbrante, según las crónicas de la época, luciendo un traje de satén blanco bordado en plata y salpicado de azucenas y azahares con una cola de más de cuatro metros de largo. Como joyas, la futura Reina de España llevó una corona y un collar de gruesos brillantes. Entró en el templo mientras sonaba el himno inglés, bajo palio, entre la reina María Cristina, que vestía un rico traje de color malva con encajes del mismo tono, y la princesa Beatriz, su madre, de gris oscuro y también con encajes. La madrina del enlace fue la reina María Cristina, y el padrino, el Infante don Carlos.

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Se calcula que unas 40.000 personas llegaron a Madrid a través de las diferentes estaciones de la capital para asistir al enlace. El Ayuntamiento, calculando la gran cantidad de público que sin duda quería asistir al acontecimiento, instaló sillas a lo largo de los puntos que comprendían el trayecto que recorrería la comitiva regia, cuyo alquiler costaba una peseta. Igualmente ofrecieron en alquiler más de 300 balcones, con capacidad para seis personas cada uno, que alcanzaron un precio de hasta 2.000 pesetas, dependiendo de la proximidad con El Palacio Real, así como de su ubicación en el centro o a los lados del paseo de coches.

En el programa de festejos reales se anunció a bombo y platilo lo que se conoció como 'el cortejo luminoso', que consistía en un gran despliegue de iluminación que haría resplandecer a la ciudad de Madrid con motivo del enlace. Pero desafortunadamente la capital no pudo resplandecer con toda la intensidad que se quiso, debido, según los cronistas de la época, a la 'insuficiencia de producción de las compañías eléctricas'.
Concluida la ceremonia religiosa, los monarcas pusieron rumbo al Palacio Real. La comitiva nupcial se disponía a recorrer las calles de Madrid, bajo los aplausos de la multitud que se agolpaba para ver pasar a los recién casados, cuando sobre las dos y cuarto de la tarde, en la calle Mayor, a la altura del número 88, se escuchó una tremenda explosión.

El cochero de la carroza real cayó herido desde el pescante, así como uno de los caballos que tiraba de la carroza y varios soldados que escoltaban la misma. El Rey intentó cubrir con su cuerpo el de su esposa y, asombrado aún por lo sucedido, se asomó por una de las ventanillas gritando:”No es nada …, que nadie se asuste … ¡Estamos ilesos!”.

Lo cierto es que se salvaron de milagro, ya que los cristales de los faroles y las portezuelas del lado en el que viajaba la Reina quedaron pulverizados y los fragmentos cayeron sobre la falda de la recién casada. Los Reyes tenían las ropas desgarradas y el traje de la novia estaba con manchas de sangre.

El ataque fue obra del anarquista Mateo Morral y dejó veintiocho muertos y centenares de heridos. Hay diferentes versiones sobre cómo llegó la bomba hasta la carroza real. Algunos testigos aseguraron que fue arrojada desde el cuarto piso de la casa número 88 y otros afirmaron que se lanzó desde la esquina de la calle San Nicolás. Lo cierto es que el artefacto fue arrojado por Mateo Morral, un anarquista catalán, envuelto en un ramo de flores.

En los días que precedieron a la boda se distribuyeron unas octavillas en Madrid en las que se amenazaba de muerte a don Alfonso, hecho al que el Rey no le dio mucha importancia, limitándose a reforzar las medidas de seguridad. Tras el terrible atentado se volvió a producir otra alarma, ya que alguien hizo correr el rumor de que el terrorista tenía otra bomba que pensaba hacer estallar. Sin embargo, el Gobierno decidió seguir adelante con los festejos reales para truncar así los planes de los anarquistas.

bomba-a.jpgEl terrorista llegó a Madrid procedente de Barcelona el día 21 de mayo y se hospedó en la fonda Iberia, en la calle Arenal, donde se registró como Mateo Morral. Se trataba de un hombre joven, de unos veintiséis o veintisiete años, alto, delgado, moreno, con bigote poblado, de aspecto humilde, con un sombrero, mal vestido y con una maleta muy cara. Pagó cuatro días por adelantado y diariamente salía a las diez de la mañana y regresaba a su cuarto a las seis de la tarde.

El hombre en cuestión encargaba cada día un ramo de flores que conservaba en agua. Ante los dueños de la pensión se declaró muy monárquico y aseguró que pensaba arrojar flores a los recién casados. Y así fue. El día de la boda se encerró en su habitación asegurando que le dolía el estómago y pidió que no le molestaran. Tras consumar el atentado huyó por la escalera, perdiéndose entre la muchedumbre que corría aterrorizada.

En la habitación del terrorista se encontró una maleta con ropa, objetos de aseo y prendas blancas con las iniciales M.M.R. También hallaron un plano de Madrid, una guía francesa y otra española. Tres días después de la fechoría, al sentirse acorralado por la Guardia Civil, mató a un hombre y a un guarda, y se suicidó después.

Ésta fue la primera boda real española que atrajo una considerable concentración de representantes de casas reales extranjeras, algo hasta entonces poco usual. Pasados los festejos, los monarcas se retiraron a La Granja de San Ildefonso, en Segovia, donde pasaron los días de la luna de miel.

Los regalos de boda
En Londres, más concretamente en el palacio de Kensington, la princesa Victoria Eugenia recibió más de 800 regalos. Cuentan las crónicas que, hermosamente vestida con una toilette azul oscura Ninón en seda, acompañada por su madre, atendió y acompañó personalmente a cada uno de los invitados, acogiendo con amabilidad sus regalos y mostrándoles los presentes recibidos.

Uno de los más espectaculares fue el busto de la princesa realizado en mármol que varias damas de la aristocracia británica regalaron a don Alfonso y que mostraba todo el esplendor y la belleza de la futura Reina de España. Por su excepcional fastuosidad destacó también el regalo de los Reyes de Inglaterra a la princesa con motivo de su enlace: un hermoso aderezo de brillantes y turquesas, de cuyo collar colgaban magníficos diamantes en forma de pera y una espectacular turquesa. Pero no sólo de brillantes estaba formado el espectacular ajuar de la futura Reina: perlas, esmeraldas, rubíes, topacios y aguamarinas formaban parte de los regalos recibidos, además de abanicos, prensa-papeles, encajes, tapicerías ...

Como curiosidad hay que subrayar que los únicos presentes que no pudieron ser admirados en la Corte inglesa fueron precisamente los entregados por don Alfonso a su futura esposa, ya que estaba previsto que ésta pudiera conocerlos mediante dibujos y fotografías que serían trasladadas desde España hasta Kensington, pero que desafortunadamente no llegaron a tiempo para ser expuestas.

La tarta nupcial, una tradición que se inició en España con esta boda

banquete-a.jpgLa tradición del pastel nupcial, importada de Inglaterra, se inició en España con la boda del Rey don Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg. El conocido como wedding-cake de la princesa Victoria fue el primero que se vio en nuestro país y fue expresamente elaborado en Inglaterra con una masa que los reporteros británicos denominaban «mezcla real »,compuesta de crema glacée, pasta de bizcocho y los perfumes culinarios más populares.

El pastel tenía seis pies de altura, pesaba 300 kilos y medía 46 pulgadas de diámetro en su base. Servi- do sobre un plato de plata macizo, estaba formado por seis costados separados por columnas corintias y adornado con un espectacular trabajo en azúcar que representaba los viñedos españoles.

Además estaba rodeado por un festón de flores diversas, escogidas personalmente por la princesa Victoria. En el centro del pastel nupcial aparecían el escudo, el monograma y la corona real, así como un grupo de ‘amorcillos’ que sostenían canastillas de las que caían guirnaldas de flores.

Boda de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo Lorena

29.02.20, Blog Real

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La 'Reina Niña' había muerto prematuramente sin dejar ningún heredero a la Corona y a pesar de que el rey estaba sumido en un profundo dolor, era urgente que contrajera de nuevo matrimonio para dar un heredero al trono. En esta ocasión, el monarca tuvo que dejar de lado todo el romanticismo que había impregnado su primera historia de amor y buscar a la candidata ideal. María Cristina de Habsburgo Lorena no fue muy apreciada por el pueblo al principio, pero ella pudo demostrar con el tiempo que sería una magnífica Reina para España.

De buena familia
Perteneciente a la estirpe de los Habsburgo, doña María Cristina contaba entre sus antepasados a Reyes y Emperadores. Sus padres eran tíos del emperador austríaco Francisco José I. Cuando Alfonso XII visitó por primera vez a María Cristina, ésta colocó sobre la tapa de un piano el retrato de María de las Mercedes, hecho que le valió la aprobación del monarca, todavía tremendamente afectado por la muerte de su primera esposa.

alfonso_mariacristina-2a.jpgLos regalos del Rey
El Rey hizo espléndidos regalos a María Cristina, entre ellos las joyas realizadas en los talleres del señor Marzo. Todas ellas estaban hechas de oro fino y brillantes delicadamente trabajados. El valor total de los regalos ascendía a cinco millones de pesetas de las de entonces. No obstante, el pueblo estaba todavía conmocionado con la muerte de la joven Reina María de las Mercedes, y María Cristina no lo tuvo nada fácil para ganarse el favor de los españoles. De hecho, cuando la comitiva real volvía al palacio, los que pudieron verla destacaron en ella una actitud algo arrogante. Pronto, sin embargo, fue bautizada con el sobrenombre de ‘Doña Virtudes’.

La dote que dio la novia, trescientas cincuenta mil pesetas, le fue proporcionada por Francisco José I, ya que la madre de la futura Reina de España apenas contaba con recursos económicos. El ajuar de María Cristina, que fue confeccionado en París, fue un regalo de su futuro marido, Alfonso XII.

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El mismo día de la boda, el 29 de noviembre de 1879, a las ocho de la mañana se reunieron en la plaza de la Armería las bandas de música de todos los cuerpos que componían la guarnición de Madrid. Después de ejecutar una diana, recorrieron la calle Mayor, la Puerta del Sol y la calle de Alcalá. En Madrid, se prohibió durante el día del enlace y las jornadas posteriores circular en carruaje por determinadas calles y se decretó que las personas que marcharan por lugares céntricos deberían hacerlo a pie.

El vestido de la novia
La novia lucía un magnífico traje de raso blanco con cola cuadrada y bordado de plata, hecho en Madrid. El manto, también de raso, llevaba bordadas flores de lis con hilo de oro además de dos hileras de encaje entre las cuales aparecían rosas blancas y flores de azahar. En Barcelona, por su parte, se confeccionaron las cuatro elegantes mantillas de blonda que formaban parte del trousseau regio.

Asistieron a la boda, la reina Madre Isabel II, la archiduquesa Isabel, las infantas doña María de la Paz, doña María Eulalia y doña Cristina; los embajadores y Cuerpo Diplomático acreditados en Madrid, los Ministros del Gobierno, así como los Capitanes Generales del Ejército.

El recorrido de vuelta al Palacio
A las dos y media de la tarde, concluida ya la ceremonia religiosa, la comitiva real emprendió el regreso al palacio de Oriente por los paseos Botánico y del Prado, la calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la calle Mayor, la calle Bailén y la plaza de la Armería. La pareja correspondía a los saludos de las personas que acudieron a la capital española para ver a los jóvenes esposos. Hasta trescientas cincuenta mil personas siguieron el recorrido de la carroza real.

La iglesia donde se celebró el enlace matrimonial fue la Real Basílica de Atocha, y la hora, las doce y media de la mañana. Presidió la ceremonia el cardenal Benavides, patriarca de las Indias. Fueron padrinos de la pareja el archiduque Raniero, en nombre del Emperador de Austria, y la archiduquesa María.

Se proclamaron, como en la anterior boda del Rey, varios días de fiesta en las que hubo representaciones teatrales y, cómo no, los populares festejos taurinos de la época. María Cristina, a pesar de que no le gustaba la fiesta popular, tuvo que asistir a todos ellos para no caer en desgracia al pueblo. Al día siguiente del enlace, toda la Familia Real acudió a la representación que tuvo lugar en el teatro de la Opera para presenciar Los hugonotes.

Boda de rey Alfonso XII con doña María de las Mercedes de Orleáns

29.02.20, Blog Real

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El retrato nupcial de Alfonso XII y María de las Mercedes se conserva en el Palacio de Riofrío de Segovia. El vestido fue costeado por Alfonso XII y costó treinta y dos mil quinientas cuarenta y seis pesetas de las de entonces.

 

EL 23 de enero de 1878 a las doce de la mañana contraían matrimonio el rey Alfonso XII con doña María de las Mercedes de Orleáns y Borbón en la real Basílica de Atocha. Fue la boda más romántica del siglo, el bello colofón de una apasionada historia de amor. Los jóvenes se conocieron cuando ella era un bebé y él apenas llegaba a los dos años de edad. María de las Mercedes nació y fue bautizada en El Palacio Real debido al deseo de Isabel II de apadrinarla. A su bautizo precisamente asistió el que se convertiría en su esposo, Alfonso. Sin embargo, fue en su época de estudiante en Viane cuando monarca español quedó prendado de María de las Mercedes. ‘Cuando la vi, me di cuenta de que la quería desde antes de haberla conocido. Desde el primer instante comprendí el porqué de mi existencia’ comentó el joven monarca a un compañero de estudios.

La Reina montó en cólera
Dicen que fue en el transcurso de una reunión familiar cuando contra a todo pronóstico surgió el flechazo entre los primos carnales, Alfonso y Mercedes. Cuentan también que la reina Isabel II montó en cólera al conocer que su amado Alfonso quería casarse con la hija de su hermana y del Duque de Montpensier, que tanto había instigado para destronarla. Sin embargo nada frenó al joven monarca español en su empeño. Ni la oposición de su madre, la reina Isabel II, que no quería que una hija del Duque de Montpensier, llegara a ser Reina de España, y que decía: “No tengo nada contra la infanta, pero Montpensier no transigiré nunca”, ni la oposición del Gobierno, que buscaba una princesa europea, consiguieron disuadir a Alfonso XII.

El debate en las Cortes
El asunto se debatió en las Cortes hasta que uno de los ministros salió en defensa de los enamorados diciendo: “La infanta doña Mercedes está fuera de toda discusión: los ángeles no se discuten”. Se cumple entonces la profecía de una gitana que leyó la mano de la adolescente Mercedes unos meses antes de que los primos se encontraban y se anuncia el enlace. La noticia de un matrimonio por amor tan inusual en aquella época en las cortes europeas encandiló a los españoles. La joven que por aquel entonces tenía sólo diecisiete años además de ser princesa, era española y guapa. Quizás por ello el pueblo de Madrid cariñosamente la apodó ‘Carita de cielo’.

Fue un enlace de grandes festejos, no en vano la pareja se casaba por amor y su historia, llena de romanticismo, enterneció a los españoles que gustaban de oír las historias de palacio. “Quieren hoy con más delirio/ a su Rey los españoles/ pues por amor va a casarse/ como se casan los pobres”, rezaba una coplilla de la época. El triste final de María de las Mercedes, que murió a los dieciocho años de edad, hizo más todavía que aquella real y verídica historia de amor permaneciera en el corazón de la calle.

Los preparativos para la boda
La mayoría de las Diputaciones Provinciales decretaron alguna construcción para la provincia con motivo del enlace real: carreteras, hospitales, iglesias, escuelas... Madrid, por su parte, se vistió de gala y durante semanas se realizaron diversas obras para que la capital luciera en todo su esplendor. Del mismo modo se concedieron algunos indultos con motivo del enlace real. El mismo día, y para que el pan no faltara en ninguna familia, por pobre que fuera, éste se incluyó como limosna en el programa de actos públicos.

El mismo día de la boda se organizaron toda una serie de festejos: a las dos de la tarde se celebró un desfile de las tropas de la guarnición en la plaza de Oriente; a las ocho de la noche, hubo funciones de convite organizado por el Ayuntamiento en los teatros Español, Zarzuela, Apolo, Comedia, Novedades, Alhambra, Variedades, Martín e Infantil; se encendieron cientos de lámparas para iluminar la capital... Un corresponsal francés, impresionado con la belleza de las luces, calculó en "diez mil francos" el gasto que podían generar.

En la Puerta del Sol, las dos farolas centrales eran de luz eléctrica y según algunos diarios daban un esplendor como el de la luna llena en las noches de verano. La fuente de Neptuno, en su base, aparecía rodeada de mecheros de gas encerrados en globos de cristales de colores. El tridente estaba también dibujado con luces de gas. La fuente de Cibeles, por su parte, también estaba rodeada de un círculo de globos de cristales de colores y largos mecheros surtidores brotaban del fondo del agua.

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El ajuar de la novia fue enteramente confeccionado en España, y no podía ser de otra forma al tratarse de una futura Reina de España. El vestido fue costeado por Alfonso XII y costó treinta y dos mil quinientas cuarenta y seis pesetas. Los zapatos que le acompañaron fueron planos para que no pareciera más alta que el Rey. Por lo demás, la novia portaba ricas joyas; destacaban por su hermosura, las perlas y los diamantes.

El discurso del rey
Alfonso XII dirigió a la Comisión del Congreso de los Diputados un discurso con motivo de su enlace, en el que entre otras cosas decía: “Señores diputados, el enlace que voy a contraer, inspirado al propio tiempo que por los más puros afectos del corazón por el conocimiento de las altas prendas que adornan a la que ha de compartir conmigo el Trono de San Fernando y de la Católica Isabel, del mismo modo que motiva vuestros entusiastas plácemes, alcanza sin duda los del país, a quien legítimamente representáis, y merece la unánime felicitación de las potencias amigas...”.

Madrid, engalanado
El día de la boda, con Madrid totalmente engalanado, el Rey salió del Palacio Real a las diez y media con toda la comitiva, tomando la calle Mayor, la Puerta del Sol, la carrera de San Jerónimo, el paseo del Botánico y paseo de Atocha hasta la Basílica de Atocha. El cortejo de la novia salió del Palacio de Aranjuez y llegó en tren a la estación de Atocha desde donde se trasladó a la basílica. La desposada había salido a las nueve de la mañana de Aranjuez y su tren había parado en los principales pueblos de la Comunidad de Madrid, en ese entonces: Ciempozuelos, Pinto, Getafe... para que los vecinos de estas localidades pudieran ver a la novia. La contrayente tardó en llegar a Madrid una hora y siete minutos.

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La ceremonia tuvo lugar en la Real Basílica de Atocha, iluminada para la ocasión con más de mil cirios y fue oficiada por el cardenal Benavides. Don Francisco de Borbón, padre del monarca, ejerció como padrino y la madrina fue la infanta Isabel -en principio iba a ser doña Cristina, abuela del Rey, pero tuvo que ser sustituida en el último momento, debido a una indisposición-.

Ya casados, Alfonso XII y doña María de las Mercedes regresaron al Palacio Real después de hacer un espléndido recorrido por el paseo de Atocha, el Botánico, el paseo del Prado, la calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la calle Mayor y el Arco de la Armería. La lujosa carroza en la que iban los novios llevaba en el techo la corona real y estaba tirada por ocho caballos españoles.

alfonso2-a.jpgLos invitados
Al enlace real acudieron las infantas doña María del Pilar,doña María de la Paz y doña María Eulalia; los infantes duques de Montpensier con sus hijos, la infanta doña Cristina, viuda del infante don Sebastián; los embajadores y enviados extraordinarios, el Cuerpo Diplomático acreditado en Madrid, ministros y altos dignatarios de la Corte, capitanes generales del Ejército, caballeros del Toisón...

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El Rey regaló a la novia la corona real, los pendientes y el collar de perlas. María Mercedes obsequió al Rey con la espada de honor que vemos a la izquierda de esta imagen. La diadema que aparece abajo fue un regalo de la princesa de Asturias a la Reina

Los regalos
Muchos de los regalos de boda que el pueblo quiso hacer a los novios se reunieron en las oficinas del periódico La Correspondencia. Hubo presentes de todo tipo, desde un aparato ortopédico hasta libros sobre estudios topográficos.

Para cubrir el lecho de los Reyes en su noche nupcial se utilizó una joya de la tapicería española: se trataba de un tapiz bordado en oro que fue confeccionado en la Real Fábrica de Tapices de Madrid, levantada en el reinado de Carlos III expresamente restaurada con motivo del enlace de Alfonso XII.

Boda Don Juan de Borbón y María de las Mercedes

29.02.20, Blog Real

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Don Juan de Borbón y María de las Mercedes contrajeron matrimonio el 12 de octubre de 1935 en la Basílica de Santa María de Los Ángeles de Roma. Ella, infanta de España por concesión de Alfonso XIII y Princesa de las Dos Sicilias por su nacimiento, había nacido en Madrid, aunque pasó la mayor parte de su vida en Sevilla hasta que el advenimiento de la República provocó el exilio de la Familia Real española. Él, hijo de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, nacido con honores de príncipe en el Palacio de La Granja y destinado a ser Rey de España, vivía en esos años la amargura del exilio junto a resto de los miembros de la Casa Real Española.

'María, la brava'
Cuentan que María de las Mercedes era aquella prima lejana, que con acento andaluz, le traía al entonces Príncipe de Asturias, el recuerdo de su patria y que le llamaba cariñosamente ‘María la Brava’ en referencia a su fuerte carácter que contrastaba con su apariencia serena. Y en el exilio precisamente fue donde empezó la relación y donde se celebró su boda. La pareja eligió la Ciudad Eterna para darse el sí quiero y hasta allí acudieron miles de españoles para arropar a su ‘rey’ en un día tan señalado. De hecho, además de todos aquellos aristócratas, nobles y gentes 'adineradas' que siguieron al ‘rey’ en su exilio, una pareja de campesinos de cada una de las regiones españolas, vestidos con los trajes típicos de cada zona, se desplazaron hasta Roma en representación del pueblo español.

Se casaron el día de la Hispanidad
Minutos antes de las once de la mañana del 12 de octubre de 1935 (curiosamente el día que se celebra la festividad de la Hispanidad) llegaba en coche cubierto el novio, don Juan de Borbón, vestido de frac y luciendo las insignias del Toisón de Oro. Le acompañaban su padre, el rey Alfonso XIII y su hermana, María Cristina. Momentos después aparecía la novia, acompañada de sus padres, Carlos de Borbón Dos Sicilias y Luisa de Orleáns.

La novia lució un traje diseñador por Worth en lamé de plata con encajes antiguos y un largo y espléndido velo de gasa, sujeto por una diadema de flores de azahar enviadas desde Valencia. El ramo de novia estaba compuesto por gladiolos, nardos y azucenas.

Los contrayentes hicieron su entrada en el templo mientras sonaban los acordes de la marcha nupcial y ocuparon dos reclinatorios frente al altar mayor, donde por expreso deseo de los novios se colocó una imagen de la Virgen del Pilar, bajo cuya advocación quiso unirse la joven pareja. La ceremonia estuvo conducida por el arzobispo de Florencia, Elías Della Costa y actuaron como testigos del enlace don Jaime, duque de Segovia, hermano del novio; don Fernando de Baviera, tío del contrayente; y don Alfonso y don Carlos de Borbón, hermanos de la novia.

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juan_borbon_boda-a.jpg

juan_borbon_novios-a.jpgFueron recibidos por el Papa
Tras la ceremonia religiosa, los recién casados, junto a los ilustres miembros de sus respectivas familias, se dirigieron al Vaticano, donde fueron recibidos por su Santidad del Papa. Después de la audiencia, que duró un cuarto de hora, don Juan y doña María de las Mercedes se digirieron a la Basílica Vaticana para orar ante la tumba de San Pedro.

Al mediodía se celebró el banquete en el Gran Hotel de Roma. Entre los más de 6.000 invitados al enlace se encontraban el heredero de la Corona italiana, el Príncipe de Piamonte; el príncipe Cristóbal de Grecia; los príncipes José Eugenio, Luis y Fernando de Baviera y Borbón; don Alfonso de Orléans, y don Jenaro, don Raniero y don Gabriel de Borbón; el conde de los Andes, el marqués de Castel Rodrigo; el príncipe Pío de Saboya; el comandante Aramburu; el secretario de Don Juan, vizconde de Rocamora; la señora de Urcola; la dama de Doña María de las Mercedes, vizcondesa de Rocamora; y las condesas del Puerto y Campo Alegre.

Vida en el exilio
Los primeros años de su matrimonio los Condes de Barcelona vivieron en Cannes, Roma y Lausane (Suiza), país neutral en el que residieron durante la Segunda Guerra Mundial, junto a la reina Victoria Eugenia de Battemberg. Al finalizar la contienda se trasladaron a Estoril (Portugal), en donde el matrimonio, tras una conversación entre don Juan de Borbón y el General Franco, decidió que don Juan Carlos residiera en España para proseguir su educación.

Sucesión al trono de España

26.02.20, Blog Real

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La infanta Leonor tiene el peso político sobre los hombros: con el 'ascenso' de su padre, la primogénita de Felipe y Letizia se ha convertido en la nueva sucesora, en la princesa de Asturias. Si nada cambia en su familia, será algún día Reina de España. Estaba marcada desde que nació, pero un hermano habría echado al traste su destino. Está escrito. En nuestra máxima Ley.

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«La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos».

El párrafo —artículo 57.1, Título II de la Constitución— contradice de lleno uno de los enunciados clave del texto —el 14—, en el que se garantiza la igualdad de los españoles ante la ley «sin que pueda prevalecer discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión». Acabar con ese anacronismo sería posible con una reforma que, hasta ahora, ningún Gobierno se ha atrevido a emprender. Y no por no estar de acuerdo en la igualdad de sexos, sino porque de llevarse a cabo, no podría obviar otros aspectos más espinosos de la Carta Magna, como los que afectan a las Autonomías, cuya actualización lleva años reclamándose.

En 2004, José Luis Rodríguez Zapatero estrenaba Gobierno y quiso intentarlo. Planteó el cambio en la línea sucesoria junto al del papel del Senado, la denominación de las Comunidades y la adopción de la Constitución Europea. Era la primera vez que se abordaba abiertamente e incluso hubo un informe favorable del Consejo de Estado. Los entonces príncipes de Asturias esperaban su primer hijo y quería garantizarse la igualdad de sexos. El debate volvió a plantearse aún más fuerte cuando se conoció el segundo embarazo de los príncipes, en 2006. De haber sido varón, la infanta Leonor habría perdido sus privilegios. No ocurrió. El bebé también fue niña y la reforma se guardó en un cajón. Hasta hoy. Y sin perspectiva de que ningún Gobierno la recupere.

El proceso necesita un complejo mecanismo que dificulta aún más su puesta en marcha: cualquier reforma de la Constitución que afecte a la definición del Estado, los derechos fundamentales o la Corona debe hacerse por la fórmula del 'procedimiento agravado': tiene que aprobarla una mayoría de dos tercios en Congreso y Senado y después, disolver las Cortes y convocar elecciones para que el nuevo dé el visto bueno y, en última instancia, será sometido a referéndum. Aunque algunos expertos señalan vías más sencillas: Miquel Roca, ponente de la Constitución en 1978 por parte de CiU, sostiene que bastaría con que se hiciese una consulta al Tribunal Constitucional y éste señalase que el artículo 14 pesa más que el 57.

Lo cierto es que la urgencia pareció congelarse en los últimos años: el sucesor era Felipe; había poco más que discutir. Además, el ex presidente del Consejo de Estado Francisco Rubio Llorente llegó a afirmar —al conocerse el primer embarazo de doña Letizia— que los cambios que se introduzcan en una futura reforma de la Carta Magna podrían aplicarse de forma retroactiva al primogénito de los príncipes «aunque fuera niña y naciese antes de que la reforma se efectuase». Algo en lo discrepan expertos en Derecho Constitucional como Jorge de Esteban. «No existe ese carácter retroactivo. Si Letizia tuviese un hijo sin que la Constitución se haya reformado, sería el sucesor. De lo contrario, también la infanta Elena podría reclamar sus derechos sobre Felipe».

El artículo 57 señala además que «las abdicaciones, renuncias y cualquier duda de hecho o derecho que ocurra en el orden de sucesión se resolverán por una ley orgánica». Ley que nunca se ha desarrollado. «Más que la urgencia por reformar la Constitución, lo que urge es desarrollar esa Ley de la Corona que regule aspectos como lo que debe cobrar cada miembro de la Familia Real y sus incompatibilidades y las de sus esposos. Si estuviese controlado, no habría ocurrido el escándalo Urdangarín», añade Jorge de Esteban.

Más allá de la línea sucesoria, la Constitución estipula lo que pasaría si Felipe quedase inhabilitado y Leonor se convirtiese en reina antes de cumplir los 18 años.

«Cuando el Rey fuere menor de edad, el padre o la madre del Rey y, en su defecto, el pariente mayor de edad más próximo a suceder en la Corona, según el orden establecido en la Constitución, entrará a ejercer la Regencia»; «si el Rey se inhabilitase para el ejercicio de su autoridad y la imposibilidad fuere reconocida por las Cortes, entrará a ejercer la Regencia el Príncipe heredero, si fuere mayor de edad. Si no, se procederá de la manera prevista en el apartado anterior, hasta que el heredero alcance la mayoría de edad. Si no hubiere ninguna persona a quien corresponda la Regencia, será nombrada por las Cortes Generales, y se compondrá de una, tres o cinco personas».

Los requisitos que marca el art. 59 para ser regente son ser español y mayor de edad.

España es la única monarquía parlamentaria europea, junto con Mónaco y Liechtenstein, que sigue discriminando a la mujer en la línea sucesoria, algo que no ocurre en Holanda, Bélgica, Suecia o Noruega. También Reino Unido se apresuró a salir de la 'lista negra' tras conocerse que los Duques de Cambridge esperaban a su primer hijo. Tras casi 300 años de discriminación se pusieron a trabajar para actualizar antiguas reglas de sucesión, entre ellas la Ley de Instauración de 1701, que establecía que la primogénita de un monarca no puede heredar si tiene un hermano más joven.

En España, por ahora, cautela. El día que nació la infanta Leonor, el propio Felipe hizo acopio de ella: «¿Ha nacido una reina?» le preguntó un periodista. «No, de momento ha nacido una Infanta», contestó él.

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