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A Monarquia Espanhola

Notícias, informações, fotos e história da monarquia espanhola e a família real.

A Monarquia Espanhola

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Don Pelayo (718­-737)

31.10.14, Blog Real

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Pelayo. Don Pelayo. ?, s. VII – Cangas de Onís (Asturias), 737. Rey de Asturias.

Con él se inicia la serie de los reyes de Asturias y su nombre se asocia estrechamente a los hechos germinales de ese Reino: insumisión de los astures contra el dominio islámico, batalla de Covadonga y consiguiente creación de un primer núcleo local independiente del poder musulmán con centro en el lugar de Cangas de Onís, en el valle del curso medio del Sella y al abrigo de la formidable fortaleza natural de los Picos de Europa.

Los comienzos de la lucha de los astures contra los árabes y del caudillaje de Pelayo se conocen fundamentalmente a través de los relatos que han transmitido las crónicas hispanocristianas más antiguas —la llamada Albeldense y la de Alfonso III en sus dos versiones, Rotense y “a Sebastián”, ambas escritas probablemente en Oviedo en el penúltimo decenio del siglo IX—, y por los testimonios mucho menos elocuentes de algunos diplomas asturianos dignos de crédito, sobre los que destaca la famosa donación de Alfonso II en el 812 a la iglesia de San Salvador de Oviedo, y de la tradición historiográfica musulmana.

La fuente más próxima a la rebeldía pelagiana —la Crónica Mozárabe del 754—, en la que su anónimo autor se lamenta amargamente de la “pérdida de España” a manos de los invasores árabes, silencia, sin embargo, los hechos primeros de la resistencia astur. Ese silencio, unido a las contradicciones que se encuentran en los más antiguos relatos cristianos y musulmanes y a las adherencias fabulosas del más explícito de aquéllos, el contenido en la Crónica de Alfonso III, fueron el motivo principal del demoledor escepticismo con el que algunos historiadores se enfrentaron a la reconstrucción histórica de los orígenes del Reino de Asturias, antes de que en el tercer decenio del pasado siglo Claudio Sánchez-Albornoz iniciase su densa y rigurosa producción historiográfica dedicada a perfilar los contornos de ese hecho y de Pelayo, su personaje central. Hoy, gracias sobre todo a esa aportación albornociana, matizada con las correcciones que imponen nuevos enfoques del problema y la inevitable revisión crítica sugerida por nuevas lecturas e interpretaciones de las fuentes disponibles, es ya posible una aproximación histórica, razonablemente aceptable, a la figura de Pelayo y de la comunidad que él acaudilló y a los hechos que, con Pelayo como principal protagonista, se desarrollaron en Covadonga y su entorno pocos años después de que los musulmanes iniciasen la rápida conquista de la Península. Y detrás de las contradicciones de las fuentes, de los datos irreconciliables, de las deformaciones fantásticas que ofrecen en muchos casos y de unos silencios no tanto atribuibles a la inexistencia de los hechos como al desconocimiento o minusvaloración, impremeditada o consciente, de los mismos por quienes los historiaban, la realidad de Pelayo y Covadonga, de los sucesos que esos dos nombres evocan, es actualmente incuestionable y de general aceptación por la historiografía más autorizada.

Tras el descalabro sufrido en la batalla de Guadalete por el Ejército de don Rodrigo (711), la afirmación del poder musulmán sobre la Península se logró rápidamente. La Crónica de Alfonso III en su versión “a Sebastián” refiere la huida hacia Asturias y las tierras de más allá de los Pirineos de los supervivientes de la vencida facción del último monarca godo. Entre los que se acogieron a la “tierra de los asturianos” figuraría, según el mismo texto, Pelayo, a quien se hace aquí hijo del duque Favila, de linaje real, y en la redacción Rotense, más fiable, espatario de los reyes Vitiza y Rodrigo. La Crónica Albeldense, sin embargo, presenta a Pelayo en Asturias, tras su expulsión de Toledo por Vitiza, donde se encontraría en el tiempo en que los musulmanes ocuparon la Península.

Las expediciones musulmanas de conquista del noroeste peninsular seguirían los cauces de penetración marcados por las antiguas vías romanas y en concreto, y por lo que a las Asturias transmontanas se refiere, seguramente la que desde León conducía a Gijón, ciudad marítima en la que se presenta como gobernador a cierto Munuza, de quien dicen las crónicas cristianas que “cumplía en la ciudad de Gijón las órdenes de los sarracenos sobre los astures”.

En Asturias, siguiendo la atendible referencia de la Albeldense, viviría Pelayo sometido a la autoridad del prefecto musulmán, gozando de una cierta tranquilidad obtenida al precio de ese sometimiento y acaso asumiendo unas ciertas responsabilidades sobre su propia región y su pueblo, tanto si era un representante de la nobleza local del país como si se trataba de un individuo de origen godo con fuerte arraigo familiar entre los astures y sólida implantación en el territorio. Se reproduciría así en Asturias una situación similar a las que se sabe que ocurrieron en otras regiones al producirse el derrumbamiento de la autoridad central toledana que aceleraría el proceso de fragmentación del Reino Visigodo, bastante avanzado ya a principios del siglo VIII.

La Crónica Albeldense, sin duda la más fiable entre las fuentes narrativas que historian la génesis del Reino de Asturias, a pesar de su extremado laconismo, dice que “una vez que España fue ocupada por los sarracenos, éste [Pelayo] fue el primero que inició la rebelión contra ellos en Asturias”, pero no proporciona ninguna indicación sobre las causas de esa insumisión pelagiana. La versión “a Sebastián” de la Crónica de Alfonso III, también muy parca en este punto, afirma que fueron los godos refugiados en Asturias los que “eligieron por su príncipe” a Pelayo, para referirse seguidamente a la expedición represora de Alkama contra el rebelde. Mucho más explícitas son las informaciones de la versión Rotense de la crónica regia, que componen un detallado relato de la rebeldía pelagiana tras el que es posible descubrir una serie de acontecimientos coherentes en relación con la génesis de la insumisión de los astures y del caudillaje de Pelayo.

Siguiendo el relato cronístico, parece que enamorado el prefecto musulmán Munuza, residente en Gijón, de la hermana de Pelayo, cuyo nombre se oculta, aquél decidió alejarlo de la tierra enviándolo a Córdoba “con el pretexto de una comisión”, acaso relacionada con las condiciones de sometimiento de los astures. Aprovechando esa ausencia, el musulmán se habría unido en matrimonio con dicha hermana, provocando la reacción de Pelayo, ya de regreso en Asturias. No hay razones para atribuir carácter legendario a estos hechos, que se ajustan a las pautas de comportamiento seguidas por los nuevos ocupantes de la Península y de las que existen algunos expresivos ejemplos perfectamente acreditados. Más problemático es, sin embargo, atribuirles en exclusiva el carácter de causa próxima de la rebeldía pelagiana, a la que no debió ser ajeno algún tipo de conflicto relacionado seguramente con las condiciones de sometimiento y el pago de tributos a los nuevos gobernantes musulmanes. Ya en el camino de la rebelión abierta contra la autoridad islámica, Pelayo se vería forzado a eludir el acoso de las tropas encargadas de su captura; y en su huida por terrenos bien conocidos y en los que no dejaría de contar con apoyos de la población local, terminaría acogiéndose a la protección que brindaban las estribaciones montañosas de los Picos de Europa.

El relato de esta huida tal como la presenta la versión Rotense —la más antigua y fiable— de la Crónica de Alfonso III, no ofrece acontecimientos inverosímiles. La llegada de Pelayo a las tierras ribereñas del Sella la hace coincidir el texto con la celebración de un concilium o asamblea popular de los habitantes de la comarca. Sintiéndose seguro en aquella fortaleza natural —“un gran monte cuyo nombre es Auseva”—, dice la Crónica que “hizo correr sus órdenes por entre todos los astures”, alentándoles a la insumisión contra los dominadores musulmanes y siendo elegido por aquéllos “como su príncipe”. Son así los astures los que legitiman con su elección a Pelayo como jefe de una sublevación que no parece haber tenido en sus orígenes ninguna conexión con la tradición política visigótica, truncada en el año 711. La más manipulada versión erudita o “a Sebastián” de la crónica regia hace de Pelayo un caudillo elegido por la propia nobleza visigoda refugiada en la región, tratando de legitimar retrospectivamente el nacimiento de la nueva Monarquía asturiana que entroncaría así directamente con la extinta monarquía gótica.

Los comienzos de la rebeldía de Pelayo deben situarse, como propone Sánchez-Albornoz, en el año 718, coincidiendo con el valiato de al-urr; y transcurriría seguramente algún tiempo hasta que los musulmanes decidieran sofocarla, empeñados como estaban en empresas militares más urgentes. En aquel año debe fijarse, en todo caso, el comienzo del caudillaje efectivo de Pelayo sobre los astures, siguiendo los cómputos de la Crónica de Alfonso III al datar su muerte en el 737 y fijar en diecinueve años la duración de su mandato. En el 721 es designado valí de al-Andalus el yemení ‘Anbasa, que estará al frente de la España musulmana hasta el 726. Es durante su gobierno cuando se decide reducir por la fuerza a los rebeldes astures y reintegrarlos a la obediencia.

La expedición de castigo contra Pelayo y sus partidarios debió ponerse en marcha en la primavera del 722, al mando de Alkama y figurando entre sus acompañantes el obispo Oppa, a quien la Crónica alfonsina hace hijo del rey Vitiza, cuya facción, enemiga de la de don Rodrigo, apoyó la entrada de los musulmanes en la Península, cooperando después en la consolidación de su nueva autoridad.

Los primeros encuentros entre las tropas islámicas y los rebeldes debieron ser favorables a aquéllos. Acosados por el ejército de Alkama, reducidos en sus efectivos, aunque acaso no tanto como pretenden hacer creer los historiadores musulmanes que refieren estos hechos, Pelayo y los suyos se acogen al refugio seguro de la fortaleza natural de los Picos de Europa. Replegándose por el valle de Cangas los astures, buenos conocedores del terreno, atraen a sus perseguidores hacia su parte más angosta, cerrada ya completamente por el monte Auseva. Allí localizan el encuentro final y decisivo entre los musulmanes y los rebeldes las dos versiones de la Crónica de Alfonso III, con todo lujo de pormenores geográficos, mientras que los testimonios de los historiadores árabes, aunque sin aportar detalles, describen unas condiciones del terreno que se avienen perfectamente con esa misma localización o, por lo menos, no la contradicen.

La crónica regia habla en su versión primitiva o Rotense de la “coba dominica” y en el texto erudito o “a Sebastián” de la “coua Sancte Marie”; y en ambas se sitúa la cueva en el monte Auseva (“Aseuua”). El relato de la batalla entre musulmanes y cristianos se ofrece seguidamente con gran detalle, introduciendo, al lado de noticias dignas de crédito, circunstancias y pormenores fantásticos, exageraciones desmesuradas y atribuciones providencialistas que no dejan, sin embargo, de tener una explicación si se interpretan desde la perspectiva de la ideología que informaba la tradición historiográfica cristiana de aquella época y a la luz de la importancia decisiva que debió ofrecer a los ojos de los sucesores de los astures de Pelayo, bastante tiempo después, el encuentro de Covadonga, constituido en verdadero hecho fundacional del nuevo reino. La desmesurada extensión que en la Crónica de Alfonso III, de suyo tan lacónica, se da al relato del choque entre musulmanes y cristianos es la mejor prueba del valor fundamental que se les atribuía en los ambientes cortesanos de fines del siglo IX en los que ese texto narrativo se redacta.

Los astures, dominando el escenario de la batalla desde la cueva excavada en la roca del Auseva y desperdigados quizá por las escarpaduras de las montañas que flanquean el valle, convertido ya en aquel lugar en estrecha garganta, derrotaron de forma contundente a las tropas islámicas, desfavorablemente situadas en el fondo del mismo. Muchos encontrarían la muerte, como el propio Alkama; y otros, como el obispo Oppa, serían hechos prisioneros. Cortada la retirada hacia el Oeste, donde el valle de Cangas se abre, una parte de la vanguardia musulmana buscó la salvación adentrándose en las fragosidades de los Picos de Europa, en una penosa travesía que puede reconstruirse en algunos jalones de su itinerario a través de las indicaciones que facilita la propia Crónica de Alfonso III y que concluiría en el valle de Liébana, a orillas del Deva, con un nuevo descalabro de los derrotados musulmanes como consecuencia de un desprendimiento de tierras que bien pudiera obedecer a causas naturales —son frecuentes en esa zona— y que el cronista atribuye a intervención divina.

Los hechos hasta aquí expuestos, deducidos de las informaciones debidamente depuradas que ofrecen los relatos de las crónicas cristianas, de la observación del propio escenario de esos hechos y de las condiciones sociales del momento, pueden resumir lo que pudo ser la batalla de Covadonga y sus antecedentes inmediatos, a partir de la insumisión de los astures y de la elección de Pelayo como su caudillo.

Sobre esos hechos actuó, deformándolos, para exagerarlos fantásticamente o para restarles importancia, la historiografía cristiana y árabe más próxima en el tiempo. Y así, la Crónica de Alfonso III, principal fuente de información de los episodios germinales del Reino de Asturias, exagera fabulosamente el número de musulmanes presentes en Covadonga —187.000 hombres— e introduce abundantes elementos fantásticos en la narración de la batalla, trufados de atribuciones providencialistas, en un interesado y hasta cierto punto comprensible intento de sublimación de orígenes. Mucho más sobria y fiable y sin las adherencias retóricas y fabulosas de la crónica regia, la llamada Albeldense, redactada igualmente durante el reinado de Alfonso III aunque anterior en algunos años a aquélla, se limita a consignar escuetamente los hechos esenciales de la rebeldía de Pelayo y del encuentro entre cristianos y musulmanes, sobre los que aporta también un testimonio de extraordinario valor la donación de Alfonso II a San Salvador de Oviedo, otorgada en el año 812, bastante temprana pues, y de segura autenticidad. En ella se hace a Pelayo, encumbrado al rango de príncipe, vencedor de los árabes y “defensor del pueblo de los cristianos y los asturianos”. El silencio que guarda el anónimo autor de la Crónica Mozárabe del 754 sobre los hechos de Covadonga puede justificarse por el nulo o escaso eco que tendría en los círculos cordobeses en los que probablemente él escribe, la fallida expedición de castigo dirigida hacia un lejano y apartado lugar de la frontera norteña de la España islámica, salvo el supuesto, poco probable, de que cierto pasaje de dicha crónica relativo al fracaso de una expedición musulmana contra los pueblos del Pirineo, no estuviese en realidad haciéndose eco del triunfo de Pelayo.

Por su parte, los historiadores musulmanes, recogiendo tradiciones antiguas, constatan también la rebeldía pelagiana y la campaña contra sus partidarios, restando importancia a los hechos. Ibn ayyªn e Isa al-Razi limitan a un reducido número de combatientes hambrientos la hueste astur acorralada con su jefe en los refugios naturales de la montaña a consecuencia del continuo hostigamiento de las tropas islámicas; y hacen a éstas cuya situación “llegó a ser penosa” —confiesa uno de los cronistas— por las dificultades del terreno, abandonar finalmente el intento de someter a los “treinta asnos salvajes” mandados por Pelayo y supervivientes de los combates contra los musulmanes, despreciando su porfiada resistencia.

En lo fundamental —la rebeldía astur y el intento fallido de los musulmanes para sofocarla— concuerdan pues las fuentes cristianas y las islámicas. La exageración de aquéllas al relatar el triunfo y el laconismo de éstas disimulando la propia derrota no contradicen la historicidad esencial de los hechos ni pueden dar base a su negación, como en algún caso se ha hecho. Su cronología, desde la rebeldía pelagiana a la batalla de Covadonga —del 718 al 722— se aviene con la reconstrucción que de la etapa germinal del Reino de Asturias haría Sánchez-Albornoz, aunque algunas propuestas recientes la hayan modificado ligeramente, adelantando el encuentro bélico al primero de esos años o retrasándolo incluso hasta una fecha de difícil acoplamiento al cómputo cronístico del tiempo de duración del caudillaje de Pelayo. No parece probable, en todo caso, que en Covadonga se restaurase el antiguo reino de los godos y que fuera la propia nobleza gótica, vencida y maltrecha, la que en un primer momento elevase a Pelayo a la jefatura de la insumisión contra los musulmanes. La rebeldía de los astures y el propio caudillaje de Pelayo tuvo seguramente en sus orígenes un carácter y alcance estrictamente locales, planteándose con independencia de la tradición política visigoda. Sería después, con el arraigo en Asturias de un sentimiento neogoticista que debe no poco a la influencia de los hispanos inmigrados del sur, cuando se quiso ver en la Monarquía asturiana la continuadora directa y legítima del desaparecido reino godo. Y es ese ideal neogoticista el que inspira a los cronistas que en las postrimerías del siglo IX atribuyen a la rebeldía pelagiana una finalidad restauracionista que probablemente nunca existió en aquellos momentos.

Pelayo es, lo apunta certeramente un historiador musulmán, un rey nuevo que reina sobre un pueblo nuevo. La muy autorizada donación del 812 no permite dudar sobre la identificación del caudillaje de Pelayo con los astures ni del final del reino visigodo tras el descalabro sufrido por don Rodrigo a manos de los invasores musulmanes. La cesura efectiva entre ese reino y el surgido en las montañas de Covadonga se afirma también tajantemente en otras fuentes dignas de todo crédito, como la Crónica Albeldense cuyo anónimo autor, influido sin duda en este punto más por las tradiciones locales que por el ideario progótico de la Corte ovetense, donde seguramente escribe, dice con la sencillez que le caracteriza y tras la referencia escueta del triunfo de Pelayo sobre los árabes, que “desde entonces se devolvió la libertad al pueblo cristiano [...] y por la divina providencia surge el reino de los astures”.

La explotación del éxito obtenido por los asturianos en Covadonga se produciría con el vencimiento final del representante del poder musulmán en la región —Munuza— y de sus tropas en un lugar que la Crónica de Alfonso III llama Olalíes (“locum Olaliense”) y que tradicionalmente se venía localizando en el valle de Proaza, bastante distante del escenario de aquellos hechos y sobre una de las rutas que conduce a la más importante vía transmontana de La Mesa. El hecho de documentarse allí, en la Edad Media, una villa de “Olalíes” y la proximidad a aquella vía abonaba tal identificación. Sin embargo, la presencia del mismo topónimo en las proximidades de Oviedo y sobre la vía que unía la ciudad marítima de Gijón con León, muy cerca de Lugones y en un lugar abierto a la comunicación directa con la llanada centro-oriental de Asturias, hace más razonable situar en este lugar de “Olali” aquel choque final en el que encontraría la muerte el propio Munuza.

Después de ese triunfo, dice la crónica regia en su versión “a Sebastián” que no quedó ni un solo musulmán en las Asturias transmontanas, poblándose la tierra y restaurándose las iglesias. Pelayo establece el centro de poder del núcleo insumiso astur en el lugar de Cangas de Onís, próximo a Covadonga, elección que podría explicarse por una posible vinculación familiar a la zona, muy romanizada y, con toda seguridad, cristianizada antes de la rebelión. La propia geografía favorecía la elección de tal lugar, bien protegido de eventuales ataques exteriores por la fortaleza natural de los Picos de Europa y en una comarca —la Primorias de los textos cronísticos— vecina al área de poblamiento de los cántabros, con los que el caudillo de los astures aparecerá pronto estrechamente asociado por el matrimonio de su hija Ermesinda con Alfonso, hijo del duque de Cantabria Pedro.

Tanto la Crónica Albeldense como la de Alfonso III coinciden en la datación de la muerte de Pelayo en el año 737, tras diecinueve de reinado, puntualizando que ocurrió en Cangas.

En la interpolación al texto erudito de la crónica regia, hecha por el obispo Pelayo de Oviedo en el siglo XII, se dice que el Monarca y su esposa Gaudiosa recibieron sepultura en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en el territorio de Cangas.

LA MONARQUÍA EN LA HISTORIA DE ESPAÑA

31.10.14, Blog Real

La Monarquía, en sus diferentes concepciones y modalidades, ha venido siendo de modo predominante la forma de Gobierno, o de máxima organización del poder político, que se ha conocido en España y en sus territorios adyacentes e insulares a lo largo de la Historia. En este sentido, la historia político-institucional de España, como la de otros países europeos, es en parte la historia de su Monarquía y sus Reyes.

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Ya reinos míticos de la antigüedad, como Tartesos en el sur peninsular, o los pueblos tradicionalmente asentados en toda Iberia desde la Edad de los Metales —íberos, celtas y otros— adoptaron de manera mayoritaria formas de gobierno y de poder de definición y estructura monárquicas.

La civilización romana en la Península a partir de finales del siglo III a. de C. consolidó esa tendencia al incorporar la Península —desde entonces conocida como Hispania— al marco del Imperio Romano. Éste se afirmó como una construcción política netamente monárquica desde la plena incorporación de Hispania en tiempos del primer Emperador, Augusto. Hispania dio a Roma algunos de sus principales emperadores, como Trajano —que extendió sus fronteras desde las islas Británicas a Mesopotamia, incluyendo la actual Rumanía; Adriano y Marco Aurelio —conocidos por la impronta cultural, filosófica y artística que legaron; o Teodosio el Grande, que dividió definitivamente el Imperio en dos partes, posibilitando de este modo la existencia y continuidad de un gran Estado de cuño grecolatino en el orbe oriental —el Imperio Romano de Oriente, comúnmente llamado Imperio bizantino— hasta los albores de la Edad Moderna a mediados del siglo XV.
El colapso y la desintegración del Imperio Romano Occidental, en gran parte propiciados por la incursión de pueblos de origen germánico organizados también al modo monárquico, trajeron consigo la articulación de reinos independientes en las antiguas provincias romanas. En Hispania, se instaló a partir del siglo V d. de C. el pueblo visigodo que, oriundo del norte de Europa, venía transitando por territorio romano desde hacía varios siglos. Ya el Rey Ataúlfo, primer monarca visigodo que reina en Hispania todavía bajo soberanía formal romana, adoptó disposiciones regias en lo que se considera una muestra de ejercicio de poder real autónomo en España hace mil seiscientos años. Posteriormente, con el Rey Leovigildo y sus sucesores, se alcanzó en los siglos VI y VII una forma de unidad política, territorial, jurídica y religiosa del territorio hispánico tras ser reducidos algunos poderes rivales como el Reino suevo instalado en el noroccidente peninsular y tras unificar códigos legales para su aplicación indistinta a los pobladores de origen romano y godo y al lograrse la unidad religiosa en torno al catolicismo tras el definitivo apartamiento del arrianismo.
La Monarquía hispanogoda, que se reconoció política y legalmente heredera y sucesora de Roma en la Península, constituye la primera realización efectiva de un Reino o Estado independiente de ámbito y territorialidad plenamente hispánicos. Su Corona o jefatura máxima tuvo carácter electivo al ser seleccionados sus monarcas dentro de una determinada estirpe.
El derrumbamiento del Reino hispanogodo como consecuencia de sus conflictos intestinos y de la conquista musulmana dio comienzo al largo proceso convencional e históricamente denominado Reconquista. En varios núcleos cristianos del norte peninsular —particularmente en Asturias— se constituyeron reinos y espacios articulados monárquicamente que, de manera paulatina e ininterrumpida, procedieron a recuperar el territorio peninsular teniendo como referente el extinguido Reino hispanogodo y como objetivo su plena restauración.
Asturias, Galicia, León y Castilla, así como Navarra, Aragón y los condados catalanes consolidaron sus solares originarios y ampliaron sus territorios favoreciendo también la creación de nuevos reinos en los espacios adyacentes. Así se articularon en la Península e Islas otros reinos como Portugal, Valencia y Mallorca. Por aquellos siglos, el sector peninsular correspondiente a al-Andalus, se organizó, como el cristiano, al modo monárquico constituyéndose, según los distintos periodos, el Emirato y el Califato de Córdoba y, después, los reinos de Taifas.
Cabe destacar que tanto en la Hispania cristiana heredera de la tradición hispanorromana e hispanogoda como en al-Andalus se organizaron institucionalmente las más altas percepciones de las cosmovisiones monárquicas que imperaban en el mundo de entonces. Así, si en la Europa occidental el máximo rango político-formal correspondía al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en la España cristiana fueron varios los Reyes —particularmente Alfonso VI y Alfonso VII de León y de Castilla— que asumieron la dignidad de Emperador de España o de las Españas. En tierras hispanomusulmanas, monarcas de Córdoba adoptaron los títulos de Emir y Califa al igual que sus contrapartes del universo islámico afroasiático con centros en Damasco o Bagdad.
La culminación de la Reconquista a fines del siglo XV tuvo como resultado la extinción del espacio hispanomusulmán y la convergencia política y territorial de las principales Coronas españolas, las de Castilla y Aragón, con unos mismos monarcas, los Reyes Católicos Isabel y Fernando. A esa unión monárquica se incorporaron poco después el Reino de Navarra y, a finales del siguiente siglo, con Felipe II, el Reino de Portugal, lográndose así la completa unión peninsular hispánica, o ibérica, en el marco de una Monarquía común. Coetáneamente, y también con posterioridad, durante los siglos XVII y XVIII, la Monarquía de España adquirió una dimensión planetaria con la consiguiente incorporación de territorios y reinos en diferentes continentes. Los pueblos y territorios de América se organizaron como los de las tierras andaluzas después de las conquistas de tiempos de Fernando III el Santo. Lo mismo que en Andalucía se formaron reinos —los de Jaén, Córdoba, Sevilla, y posteriormente Granada— en Indias también se constituyeron reinos con virreyes como delegados del monarca, en Nueva España, El Perú y posteriormente, en Nueva Granada y en el Plata, por lo que el Rey se consideraba sucesor de los emperadores autóctonos, como se quiso expresar mediante las esculturas de Moctezuma, último emperador azteca, y de Atahualpa, último emperador incaico, situadas en una de las fachadas del Palacio Real de Madrid.
El título o tratamiento tradicional de Católicos concedido a los Reyes de España por el papa Alejandro VI en 1496, a Fernando, Isabel y sus sucesores, hizo referencia en su momento a la concreta adscripción religiosa del monarca y a su defensa de la fe católica, aunque también denotaba, según ciertas interpretaciones, una proyección de carácter ecuménico y universalista en un momento en el que, por primera vez en la historia del mundo, un poder político —en este caso la Monarquía Hispánica— alcanzaba una dimensión global con soberanía y presencia efectiva en todos los continentes —América, Europa, Asia, África y Oceanía— y en los principales mares y océanos —Atlántico, Pacífico, Índico y Mediterráneo.
Consecuencia del proceso histórico acumulativo e incorporador de la Monarquía española fueron las específicas titulaciones utilizadas por los Reyes de España. Junto al título corto —Rey de España, o de las Españas— que hace referencia sintética al solar originario de la Monarquía, se utilizó oficialmente en cada reinado y hasta el siglo XIX el título grande o largo con explícita mención de los territorios y títulos con los que reinaba el monarca español, con los que habían reinado sus antepasados o sobre los que se consideraba tenía legítimo derecho. Sirva como muestra la extensa titulación de Carlos IV, todavía en 1805, plasmada en la Real Cédula que precedía al texto legal de la Novísima Recopilación de las Leyes de España con ocasión de su promulgación: “Don Carlos por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalem, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias Orientales y Occidentales, islas y Tierra firme del mar Océano; Archiduque de Austria; Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán; Conde de Apsburg, de Flandes, Tirol y Barcelona; Señor de Vizcaya y de Molina”. Cabe subrayar que la vigente Constitución Española, en su artículo 56.2, señala que el título del Jefe del Estado“es el de Rey de España y podrá utilizar los demás que correspondan a la Corona”.
Como vértice superior del Estado monárquico, a la Corona le correspondió en tiempos medievales y en el Antiguo Régimen las máximas y más amplias funciones gubernativas y, por ello también, una especial responsabilidad tanto en los aciertos como en los errores.
Sancho III el Mayor, Rey de Navarra, ya en el siglo XI reunió bajo su trono una parte sustancial de la España cristiana. Sin embargo, al igual que otros Reyes medievales hispanos y por causa de una tradicional visión patrimonialista de la Monarquía, dispuso que se dividieran sus dominios tras su fallecimiento. El Rey de León Alfonso IX se adelantó a su tiempo convocando en 1188 las primeras Cortes de la historia europea con participación ciudadana, noble y eclesiástica. Fernando III el Santo unificó definitivamente los Reinos de Castilla y de León dando un impulso irreversible a la Reconquista. Alfonso X el Sabio favoreció la cultura y las artes, además de establecer los fundamentos legislativos y hacendísticos de una nueva forma de Estado monárquico. Jaime I de Aragón y sus sucesores afirmaron la unión política de los territorios de la Corona aragonesa y su expansión ultramarina mediterránea.
Ya en la Edad Moderna, los Reyes Católicos, además de completar la Reconquista y posibilitar el descubrimiento del Nuevo Mundo, impulsaron el Derecho de Gentes —embrión y base del futuro Derecho Internacional— así como una legislación indiana, nueva en su tiempo por la protección de derechos que propugnaba y la alternativa expulsión-conversión al cristianismo de la población judía en España. Carlos I, que con los recursos políticos, económicos y militares de España sumó a sus dominios el Sacro Imperio Romano Germánico y, sobre todo, los grandes Imperios y territorios americanos de México y Perú, se convirtió por ello en uno de los monarcas más famosos de la Historia Universal, más conocido como Carlos V el Emperador. No obstante, dio término a los movimientos que en España luchaban por las libertades de las ciudades en torno a 1520. Felipe II, unificador de la Península al incorporar Portugal a la Corona —y que previamente había sido Rey de Inglaterra e Irlanda por vía matrimonial— representó el apogeo de la Monarquía Hispánica en el mundo, la cual mantuvo una posición preeminente de hegemonía con Felipe III y Felipe IV —el Rey Planeta—, hasta mediados del siglo XVII. Tras el periodo ilustrado del siglo XVIII, impulsado por soberanos como Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV siguieron tiempos de inestabilidad política, económica y social con motivo de las consecuencias de la guerra contra los ejércitos de Napoleón Bonaparte entre 1808 y 1814.
El tránsito del Antiguo Régimen al Estado Liberal es también el tránsito de la soberanía como competencia del Rey a la soberanía como atributo exclusivo de la Nación y así se estableció en Cádiz con la Constitución de 1812. En ese proceso de traslación de la titularidad de la soberanía hacia el pueblo, el monarca se afirmó como la máxima representación institucional y personal de la Nación soberana. Esta traslación es fundamental para comprender la identidad final del Rey en la actualidad como Jefe del Estado y representante máximo de la Nación en la cual reside la soberanía.
A la muerte de Fernando VII y en tiempos de su viuda, la Reina Gobernadora María Cristina de Borbón, se favoreció el cambio político para culminar en la Constitución de 1837, con lo que España pasó de estar regida por una monarquía absoluta a que la soberanía residiera en la Nación. El siglo XIX español —que viviría un breve periodo republicano— fue testigo de guerras internas entre isabelinos y carlistas. Al mismo tiempo, durante el reinado de Isabel II, España experimentó cambios de gran trascendencia económica, política y social, al establecer sistemas monetario, hacendístico e institucional propicios a fomentar un proceso de industrialización fundado en los grandes cambios en los transportes (especialmente con el ferrocarril) y en las comunicaciones, y con una legislación que favoreció la creatividad y las iniciativas empresariales.
El periodo de la Restauración iniciado en 1875 con Alfonso XII acabó en 1931 con la proclamación de la II República y el final del reinado de Alfonso XIII. Fueron años de gran crecimiento económico fundado en la industrialización de España, favorecido por la neutralidad durante la primera guerra mundial. En 1947, ocho años después del final de la Guerra Civil Española y en pleno régimen dictatorial, se estableció por Ley que España era un Estado constituido en Reino.
El acceso de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I a la Jefatura del Estado en 1975 favoreció e impulsó la Transición a un régimen democrático de libertades plenas y a un Estado social y de Derecho consagrado en la Constitución de 1978. Los decenios transcurridos desde entonces se consideran los de mayor progreso económico y social de toda la Historia contemporánea de España.
                                                                    ***
Al linaje real español, que tiene sus raíces en las familias reales de los antiguos reinos cristianos hispánicos de la Alta Edad Media, se adscribieron en cada periodo histórico diferentes casas dinásticas, cada una de ellas con un apellido específico con el que se designó a la familia real. Así, aunque se admite convencionalmente y desde criterios clasificatorios e historiográficos que sobre la totalidad de España desde su unificación han reinado las Casas de Trastámara, Austria y Borbón, en realidad existe una continuidad dinástica y de linaje que liga genealógicamente al actual titular de la Corona de España, S. M. el Rey Don Felipe VI, con la generalidad de los Reyes españoles de las Edades Moderna y Contemporánea y con los más remotos monarcas de los reinos medievales peninsulares.
 
Fonte: casareal.es